
“¡Monseñor Prevost! ¡Monseñor Prevost!”, le gritaban con alegría en las calles de Chiclayo hace unos años, cuando el obispo que llegó desde EE.UU. se despedía tras más de 15 años de entrega pastoral en el norte del Perú. Hoy, ese mismo hombre fue elegido Papa. Y aunque su pasaporte diga estadounidense, hay algo que no puede negar: también es nuestro. Es peruano.
Porque Robert Prevost no solo vivió en el Perú: eligió ser peruano en el alma. Quizo quedarse, acompañar, escuchar. Hizo suya una Iglesia que conoce la pobreza, la fe sencilla, la lucha diaria. Fue vecino, hermano. Se sentó en nuestras bancas, compartió nuestras mesas, caminó nuestras procesiones. Y eso no se olvida. Esa experiencia, tejida con humildad y amor, marcará sin duda su mirada desde el Vaticano.
Su elección debe merecer atención. En un mundo donde tantas veces se nos mira desde arriba, hoy el rostro más alto de la Iglesia ha sido moldeado también desde nuestra tierra. El Perú no solo formó parte de su historia; el destino quiso que nuestro país lo formara. En Prevost no solo vemos al sucesor de Pedro, sino a un testigo de lo nuestro: de la fe andina, costeña y amazónica; de la esperanza que florece incluso entre la adversidad.
Un detalle que refuerza esta mirada es el nombre que eligió: León XIV, en continuidad con León XIII, precursor de la doctrina social de la Iglesia y que la acercó al diálogo con el mundo tras las tensiones del siglo XIX.
El papa Francisco llamó al Perú una “tierra ensantada”. Hoy, esa tierra le devuelve al mundo no solo un pastor universal, sino a un hombre que también fue moldeado por nuestra historia, cultura e Iglesia. Su elección no es solo un gesto, sino el reconocimiento del valor humano que se forja también en los márgenes del mundo.
Para el Perú, este momento representa una oportunidad para reflexionar sobre el lugar que ocupamos en la Iglesia global y en los grandes procesos históricos. Un país como el nuestro fue también escuela de humanidad y fe para quien ahora lidera a millones de católicos. Su elección es un recordatorio de que lo local también es universal, y de que lo verdaderamente grande suele germinar desde abajo, desde lo humilde. ¡Bienvenido, León XIV!

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