Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
Ilustración: Composición GEC
En una conferencia de prensa ofrecida tras el Consejo de Ministros de esta semana, el presidente José Balcázar afirmó que cada día se vuelve más inteligente. La frase por supuesto despertó cierto escepticismo en el auditorio, pero, quién sabe, a lo mejor estaba diciendo la verdad. Después de todo, mucho margen para ir hacia el otro lado no parecía existir… Lo que sí ha provocado incredulidad absoluta, en cambio, es lo que aseveró a continuación. “Hablo con Kant, hablo con Hegel”, sentenció muy suelto de huesos, apuntando además que se trataba de una costumbre cotidiana. No estaba sugiriendo desde luego que tales diálogos se producían a través de la ouija o algún otro mecanismo de comunicación con el más allá, sino que tiene por hábito revisar las obras de esos filósofos o procesar en su mente los problemas que enfrenta como mandatario de acuerdo con las categorías que ellos alguna vez propusieron. Un intento, se diría, de adornarse con referencias culturosas que lo hagan lucir como un hombre instruido, antes que como el político del montón que todos nos tememos. De hecho, ya habíamos recibido muestras de ese vano afán en la perorata salpicada de alusiones a Platón, Marco Aurelio y Juan de Betanzos que pronunció en el Congreso tras ceñirse la banda embrujada.
En una conferencia de prensa ofrecida tras el Consejo de Ministros de esta semana, el presidente José Balcázar afirmó que cada día se vuelve más inteligente. La frase por supuesto despertó cierto escepticismo en el auditorio, pero, quién sabe, a lo mejor estaba diciendo la verdad. Después de todo, mucho margen para ir hacia el otro lado no parecía existir… Lo que sí ha provocado incredulidad absoluta, en cambio, es lo que aseveró a continuación. “Hablo con Kant, hablo con Hegel”, sentenció muy suelto de huesos, apuntando además que se trataba de una costumbre cotidiana. No estaba sugiriendo desde luego que tales diálogos se producían a través de la ouija o algún otro mecanismo de comunicación con el más allá, sino que tiene por hábito revisar las obras de esos filósofos o procesar en su mente los problemas que enfrenta como mandatario de acuerdo con las categorías que ellos alguna vez propusieron. Un intento, se diría, de adornarse con referencias culturosas que lo hagan lucir como un hombre instruido, antes que como el político del montón que todos nos tememos. De hecho, ya habíamos recibido muestras de ese vano afán en la perorata salpicada de alusiones a Platón, Marco Aurelio y Juan de Betanzos que pronunció en el Congreso tras ceñirse la banda embrujada.
Ilustración: Giovanni Tazza
Su insistencia en usar bufanda en pleno Fenómeno del Niño Costero, por otra parte, no deja dudas acerca de su vocación por pegarla de intelectual. No olvidemos, por último, el arrebato de jactancia que lo llevó a espetarle hace poco a una colega que lo estaba entrevistando que, si no había estudiado psicología, criminología y derecho, no tenía “voz” – entiéndase, “autoridad” – para conversar con él: no precisamente una exhibición de despotismo ilustrado, sino, más bien, una de despotismo sin lustre. Lo que cabía esperar, en buena cuenta, de un individuo que asegura haber leído a Sócrates.
–Collige, virgo, rosas–
La palabra ‘floro’ es un glorioso peruanismo. Es decir, un esfuerzo de anónimos compatriotas por darle nombre a un fenómeno que se presenta con persistencia en estas tierras y para el que el castellano oficial no ofrecía un término satisfactorio. Llamamos ‘floro’ al ejercicio frecuentemente inútil por el que determinados individuos cargan sus discursos de figuras retóricas gratuitas y citas presuntamente sofisticadas para tratar de impresionar a los intonsos y escurrirse así de los temas que les resultan incómodos cuando alguien se los mueve. No es difícil, por ejemplo, imaginar al actual gobernante sosteniendo que su controvertida afirmación sobre la ayuda que proveen las relaciones sexuales tempranas al futuro psicológico de las mujeres fue un guiño al poeta latino Ausonio, que en el siglo cuarto de nuestra era inauguró el tópico literario conocido como “Collige, virgo, rosas” (una exhortación a las doncellas a “coger las rosas” de su juventud antes de que el tiempo las marchite); o que el libro “Medidas autosatisfactivas”, que publicó en el 2005 y está saturado de plagios de la tesis de grado de su propio hijo, no es otra cosa que un centón clásico (un zurcido de obras de múltiples autores, muy popular en la antigüedad). No es difícil imaginarlo, queremos decir, ‘yéndose en floro’.
Lo que buscamos poner de relieve con todo esto, en cualquier caso, es que el improbable jefe de Estado que tenemos hoy presenta todos los síntomas de ser solo un ejemplar más de una especie que ha abundado siempre en nuestra patria y que tiene por figura totémica al inmortal Leonidas Carbajal (a) “La enciclopedia humana”. El integrante de una fauna farolera catalogada desde los tiempos del Virreinato y no, como quizás le gustaría decir a él, una ‘rara avis’.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.