Bartender Luis Flores. (Foto: Félix Ingaruca/ GEC)
Bartender Luis Flores. (Foto: Félix Ingaruca/ GEC)

A Luis Flores lo llaman Chino pero yo le digo Gato. El apodo lo aprendí de Ruth Martínez, jefa de sala que cambió el servicio en el Perú y que me lo presentó socialmente. Al Gato lo conocía profesionalmente del otro lado de la barra. Me había servido esos chilcanos de anís que aprendió a hacer con el padre de Pedro Miguel Schiaffino en Malabar, el señor José Antonio, un gran estudioso del pisco, que rescató del olvido el Pisco Punch del siglo XIX y lo puso de moda en las barras de Lima, haciéndolo tan obligatorio que no ha dejado de servirse desde entonces, y forma parte ahora del canon de la coctelería nacional. Luego pasó al desaparecido ámaZ y durante la pandemia a La Pulpería. De ahí a una moto, y en la misma moto, a una cama de hospital de regreso de la muerte. Cosas que pasan y nos recuerdan qué los sabores y las memorias están hechos de emociones y personas que las generan, de saberes que pasados de mano en mano nos revientan con lo transitorio de nuestras vidas y de lo que verdaderamente importa en el oficio de dar placer con la comida, la bebida o, incluso las palabras.

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