El jueves, en el centro de Lima, mataron a un hombre. Ninguna novedad: en la capital se producen a diario unos seis a siete asesinatos. Por la grabación de una cámara de seguridad se han conocido detalles del crimen. En el vídeo se aprecia a un conductor que abandona su camioneta estacionada y huye ante la súbita presencia de un par de sicarios. Corre sin dirección, se sube a la vereda más próxima, las piernas le tiemblan ante la posibilidad de perder la vida en un instante. De pronto, en el encuadre aparecen los asesinos: dos encapuchados que, por su contextura, no parecen tener más de veinticinco años. Son rápidos, al menos más rápidos que el hombre que intenta escapar y que ahora resbala y cae antes de ser impactado por dieciocho balazos. No por tres, ni por seis, ni por diez. Por dieciocho. ¿Qué queda de un cuerpo humano después de recibir esa cantidad de munición?, ¿en qué clase de estropajo se convierte? En el video no se alcanza a distinguir el horror del acribillamiento debido a que entre la cámara y el pavimento se interpone la copa de un árbol raquítico.
Quienes sí vieron de cerca el espectáculo sangriento fueron los varios transeúntes que a esa hora, las tres y media de la tarde, atravesaban la cuadra dos de la avenida Grau, cumpliendo quizá la rutina de todos los días. Entre esos testigos había un señor, un padre de familia que se encontraba junto a sus dos hijas pequeñas. Se aprecia que está en cuclillas acomodándole la ropa a la menor, y de repente, cuando ve que a menos de dos metros los homicidas descargan sus armas contra la víctima –pum, pum, pum, pum, pum… (así, dieciocho veces)–, pierde la estabilidad, se desparrama en la acera hecho un manojo de nervios para enseguida recomponerse, abrazar a las niñas y retirarse de la escena dejando tirados los paquetes que llevaba en las manos.
Desde que vi el vídeo no puedo quitarme a ese padre de la cabeza. ¿De dónde venía con sus hijas? ¿A dónde se dirigían los tres? Por la hora, podría deducirse que acababa de recogerlas del colegio. ¿Qué edad tienen esas niñas? ¿Siete y cuatro? ¿Seis y tres? ¿O tal vez –como mis hijas– ocho y dos? ¿Qué contenían los paquetes que se vieron forzados a dejar para no seguir en riesgo? ¿Eran regalos navideños, comida para la cena, los útiles escolares? El desconcierto de los tres es absoluto ante lo que sucede frente a sus ojos. ¿Serán conscientes de la suerte que tuvieron? ¿Entienden que estuvieron a centímetros de ser alcanzadas por uno de esos proyectiles? Pobres, cómo podían imaginar que vivirían este drama si a pocas, poquísimas cuadras se encuentra la base central del escuadrón verde de la policía y, más allá, la comisaría de Cotabambas. De nada sirvió. Me pregunto si volverán a pasar por la avenida Grau en el futuro. Los sicarios demoraron solo seis segundos en asesinar al sujeto, pero esa familia quizá tarde años en olvidarlo. Mejor dicho, en intentar olvidarlo. ¿Cómo se habrá manifestado el trauma en las horas y días siguientes? ¿El hombre tendrá pesadillas?, ¿las tendrán ellas? Quizá algún día, cuando sean mayores, esas niñas narrarán a sus hijos lo que sintieron –lo que recordarán haber sentido– aquel día en que presenciaron cómo mataron a un sujeto. ¿Qué decisiones tomará el padre a raíz de esta experiencia brutal? Quizá opte por irse del Perú con su esposa y sus hijas, o al menos irse de Lima, a otra ciudad donde estas cosas no ocurran u ocurran menos. Confieso que, al ver el vídeo, me alegré de no vivir en mi país. Acto seguido, confieso que me enojé por haberme alegrado. Siempre les digo a mis hijas que vengo de un lugar hermoso, pero violento, donde los grandes y los chicos se acostumbran muy pronto a tener miedo, y acaban creyendo que ese sentimiento es natural. Yo no quiero que mis hijas conozcan el miedo tan pronto. No quiero que vean a gente disparando un arma, mucho menos que vean a alguien matar y a alguien morir. No exagero cuando digo que no he podido dejar de pensar en ese padre y en esas niñas, porque podríamos haber sido mis hijas y yo.
Sabes que tu país está enfermo, no cuando revisas las estadísticas de los crímenes que se comenten a diario; sabes que está enfermo cuando –a falta de un mes para ir a visitarlo por Navidad, y después de una década de haberlo dejado– relacionas otra vez su nombre con la muerte, y entonces vuelve el pánico, y la rabia, y la frustración, porque nada cambia, y porque quizá, maldita sea, nada vaya a cambiar nunca.
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