Allen esgrime como pruebas las conclusiones de las dos investigaciones que se hicieron después de que Farrow lo denunciara en 1992 por supuestos tocamientos a la pequeña Dylan. Los expertos de la Clínica de Abuso Sexual Infantil Yale-New Haven y del Centro de Bienestar Infantil del Estado de Nueva York concluyeron que “Dylan no fue sexualmente abusada” y dieron a entender que la niña habría sido “aleccionada” por su madre para testificar contra su padre. El testimonio de Moses, otro hijo adoptivo de Mia Farrow, rebatiendo los argumentos de su madre y hermana, así como la palabra de dos mujeres que trabajaron en casa de la actriz y habrían sido testigos de ese adoctrinamiento, fueron claves para desestimar una acusación penal contra el cineasta. La tesis de Allen es que Farrow, que fue su pareja durante 13 años (protagonista de 13 de sus películas), nunca le perdonó haberse enamorado de Soon-Yi, la mayor de sus hijas adoptivas, y se vengó de él.
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Al comentar las repercusiones de la disputa con Farrow –censura en Hollywood, protestas del movimiento #MeToo secundadas por varios actores que ahora reniegan de haber trabajado con él–, Allen parece resignado a que su nombre esté relacionado hasta el fin de sus días con estos desagradables cuestionamientos.
Pero incluso cuando se refiere a esos pasajes oscuros, Allen no renuncia a su espíritu de comediante y acaba valiéndose de analogías irónicas y reflexiones sarcásticas para ganarse la adhesión del lector. Ese es, creo, el aspecto más interesante de A propósito de nada: su lenguaje, su tono, la inequívoca sensación de tener entre manos, más que una autobiografía, un nuevo guion suyo, protagonizado (una vez más) por un sujeto misántropo, escéptico y paranoico que evalúa su pasado con estudiada mueca de insatisfacción.
El mejor Allen es el que retrata socarronamente a sus padres (“un par de completos aficionados que no tenían ningún talento para criar hijos”); narra sus obsesiones infantiles (soñaba con ser mago, beisbolista, boxeador o gánster); confiesa haber recurrido a la literatura solo para seducir a chicas que leían a Kafka, Kierkegaard o Balzac; y relata el hermoso transcurrir de las estaciones detrás de los ventanales de su departamento del Upper East Side de Nueva York.
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No es menos entrañable cuando habla de sus ídolos deportivos y musicales; pondera sus propios filmes (prefiere La rosa púrpura de El Cairo y Maridos y esposas por sobre cualquier otro); aporta magníficos detalles de sus encuentros con genios como Fellini, Truffaut, Bergman o su admirado Tennessee Williams; y celebra la lealtad de su esposa Soon-Yi y su ex novia y amiga a prueba de balas Diane Keaton (pocos saben que Annie Hall se titula así en homenaje a Keaton, cuyo apellido paterno es Hall).
Es en esas páginas donde se le aprecia más genuino, donde reluce su capacidad de generar atmósferas nostálgicas y cáusticas reflexiones sobre la condición humana (“no somos más que un accidente de la física. Y un accidente bastante torpe, por cierto. No el producto de un diseño inteligente, sino, en realidad, la obra de un vulgar metepatas”).
A sus 84 años, Allen reserva entusiasmo solo para compartir tiempo en familia, ver partidos de los Knicks y filmar las que con seguridad serán sus últimas películas. La idea de dejar una herencia artística le importa “un pepino”. Ni siquiera le interesa ser recordado. Por algo ha sentenciado en este libro: “más que vivir en los corazones y en las mentes del público, prefiero seguir viviendo en mi casa”. //
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