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A pocos días del Domingo de Ramos, el Mercado de Flores de Santa Rosa, en el Rímac, se mueve distinto. No es solo el trajín habitual de flores y compradores, sino un movimiento mayor, constante, casi hipnótico: el de los dedos que cruzan, doblan y ajustan hojas de palma con precisión milimétrica. En un puesto frente a este espacio, la familia Gonzales Arroyo trabaja sin pausa.
A pocos días del Domingo de Ramos, el Mercado de Flores de Santa Rosa, en el Rímac, se mueve distinto. No es solo el trajín habitual de flores y compradores, sino un movimiento mayor, constante, casi hipnótico: el de los dedos que cruzan, doblan y ajustan hojas de palma con precisión milimétrica. En un puesto frente a este espacio, la familia Gonzales Arroyo trabaja sin pausa.
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“Estamos, desde esta semana, full. Tenemos algunos pedidos de mil unidades”, dice Greycy Arroyo (40), sin dejar de tejer. A su lado, su esposo Gabriel Gonzales, de 41 años, y su hijo Aldair, de 22, replican el mismo ritmo. Cada uno tiene una palma entre manos; cada uno, una historia que se remonta años atrás. A ellos se suma, desde elfin de semana, el menor de la familia llamado Aidhan (16).

En el Perú, el Domingo de Ramos sigue siendo una de las celebraciones más visibles de la fe cristiana. Ese día, miles de fieles acuden a iglesias como la Catedral de Lima o templos históricos del centro u otros distritos para participar en la bendición de palmas, que luego llevan en procesión como símbolo de la entrada de Jesús a Jerusalén. Es también el inicio de la Semana Santa.
Las palmas, que algunos conservan luego en casa como signo de protección y fe, tienen detrás una cadena silenciosa de trabajo. Una que empieza lejos de Lima. “La palma viene del desierto. No es fácil conseguirla. Hay que tener cuidado, hasta arañas puede tener”, explica Gabriel. Desde Ica, su proveedor corta las hojas días antes del envío. El tiempo es clave: si llegan demasiado pronto, se secan; si se humedecen en exceso, se malogran. “Se oxidan”, precisa el esposo de Greycy.

Tejer y aprender la tradición
El oficio no se aprende en un día. En esta familia, pasa de generación en generación. “Desde muy niño conocí cómo hacerlo, porque mi mamá ya venía elaborando ramos”, dice Gabriel, quien lleva más de tres décadas entre palmas. Greycy también comenzó así: “Yo aprendí mirándolo a él y, poco a poco, fui logrando armar varios modelos”, recuerda.
No fue sencillo. “Se me hacía complicado más que nada la incomodidad en los dedos”, dice Greycy. Pero con el tiempo llegó el gusto. Aldair, el hijo mayor, se sumó hace apenas dos años. “Yo no sabía; trabajo en otra cosa”, admite. Pero, el ver a su familia lo empujó a decir: “Yo también tengo que poder”. Hoy arma ramos con la misma naturalidad que sus padres.

Cada diseño tiene su propia complejidad. Algunos se hacen en diez minutos. Otros, como el de Jesús en la cruz, pueden tomar hasta veinte. Es una actividad bien trabajosa, asegura Gabriel. Hay también cruces triples, torres, figuras que evocan flores e incluso ofrecen pequeños ramos para autos. “Los modelos son incontables”, asegura. Y no es exageración. Cada puesto tiene sus propios diseños, su sello. Repetir uno solo, dicen, cansa. “Hacemos surtido, no solemos hacer el mismo modelo siempre. Si no, te aburres”, revela Greycy como el secreto para mantener el trabajo menos tedioso.
Pero más allá del diseño, el cuerpo siente el desgaste. “Los dedos se cansan”, cuenta ella. “Se adormecen, porque es un solo ritmo”. Por las noches, recurren a cremas, infusiones o analgésicos. “Se necesita paciencia… y que te guste; porque si no, no puedes avanzar”, agrega.
El Domingo de Ramos se vive en el Perú desde hace décadas con palmas bendecidas y procesiones multitudinarias, registradas incluso en archivos fotográficos del siglo XX de este Diario. Aunque esta práctica persiste como símbolo de fe, el panorama religioso ha cambiado: según el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (Ceplan), la proporción de católicos ha disminuido en los últimos años, reflejando nuevas formas de vivir la religiosidad sin borrar la tradición.

Carrera contra el tiempo
A medida que se acerca el Domingo de Ramos, el trabajo se intensifica. Los pedidos de la materia prima se coordinan incluso desde enero. Hay clientes de siempre: iglesias, colegios y también compradores de provincia.
“Tenemos que entregar algo de mil para el sábado y otro millar para el domingo a las 4 de la madrugada”, comentan sobre sus procesos. Sin dejar de lado los pedidos más pequeños: diez, veinte, treinta docenas. “Todo suma”, dice Greycy con una sonrisa.

En un buen día, cada uno puede producir entre 10 y 15 docenas. Pero no todo depende de la habilidad. “Depende de la hoja”, aclaran. Si es gruesa, retrasa el trabajo; si es más delgada, fluye mejor.
El mercado no se detiene. La venta continúa hasta el último momento. “Hasta el mismo domingo en la tarde”, admite Greycy. En ese ir y venir, la familia casi no descansa la semana previa. “Nos vamos un rato a la casa y regresamos”, cuentan. Días enteros dedicados a alistar cada pedido. “Si agarras un contrato, tienes que cumplirlo”, dice Gabriel. Es, al final, una cuestión de confianza y palabra.

Mientras tanto, las manos siguen. Doblan, cruzan, ajustan. En cada palma hay tiempo, memoria y una forma de mantenerse. Y también algo más: la continuidad de una tradición que, aunque cambie, sigue encontrando en estos gestos su forma más tangible.
Porque antes de la procesión, la misa y la multitud, están ellos. Tejiendo, una a una, las palmas que sostendrán miles de fieles.

La familia Gonzales Arroyo ofrece arreglos especiales para todo tipo de fecha especial: desde cumpleaños hasta el Día de la Madre. Su puesto se encuentra frente al Mercado de Flores Santa Rosa, ubicado en el Rímac.
Para contactarlos, puede comunicarse a los números: 951 225 275 // 907 067 198.
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