Por Lulú Beltrán

En septiembre de 1962, Miraflores era un distrito entusiasta, divertido, donde tenían lugar espectáculos que hoy pondrían nervioso a más de uno. Por ejemplo, el para entonces tradicional Corso de Primavera. Ese año, la avenida Larco parecía la Brasil en fiestas patrias: llena de tribunas donde familias enteras se reunieron a ver desfilar, no a soldados ni tanquetas, sino carros alegóricos y comparsas de artista locales e internacionales. Mientras el desfile se desarrollaba, una compañía de acróbatas alemanes, los Zugspitz Astisten –que venían de tener presentaciones muy celebradas en Brasil y Argentina–, ejecutaban pruebas de equilibrio, con los ojos vendados, sobre un cable de acero tendido que cruzaba el parque Kennedy. Uno de los tres equilibristas incluso hizo piruetas en una moto que hicieron que más de un vecino apartara la vista. Mientras eso sucedía en los aires del distrito, abajo, por las cuadras de Larco, avanzaba el séquito de autos coloridos y bandas escolares, acompañados de reinas de belleza, bailarines y malabaristas.