
:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/NCG5PERRTZAT3ACTQVWSYMP6JA.png)
Como se sabe, la aparición del videoclip cambió sustancialmente la manera de difundir la música pop. Esto no significa que la radio haya dejado de ser un medio fundamental para promocionarla, pero sí quiere decir que un nuevo paradigma se instaló modificando de manera sustancial la forma que tiene el público de percibir la música pop e inclusive el modo en que los artistas se perciben a sí mismos.
Para decirlo en términos groseramente marketeros, la música pop dejó de ser un fenómeno esencialmente musical para convertirse en un producto esencialmente audiovisual, que involucra tanto sonidos como imágenes en movimiento y que ya no entra por los oídos, sino también —y acaso fundamentalmente— por los ojos.
Es obvio que la iconografía ha jugado un papel decisivo en el impacto que ha tenido el rock desde sus orígenes, al punto de que puede decirse, por ejemplo, que el movimiento de caderas que Elvis Presley hizo célebre a través de sus presentaciones en televisión y en sus conciertos fue tan importante como sus canciones para desatar la histeria colectiva que desató.
Y, en general, a lo largo de la historia de la música pop, el look de un artista, es decir, su manera de presentarse visualmente ante los medios de comunicación y ante el público, ha influido, muchas veces, de manera determinante en su éxito o en su fracaso.
Sin embargo, lo que trajo el videoclip fue algo distinto: por vez primera, la canción, es decir, la música en sí misma, era —aunque suene paradójico— un producto audiovisual.
En otras palabras, por vez primera, uno podía “ver” una canción, con todo lo que ello supone en términos de cambio de la percepción: uno ya no necesariamente era conquistado por las melodías sino por la secuencia de imágenes asociadas a ellas.
Ocurre, sin embargo, que, si bien como forma expresiva el videoclip apela fundamentalmente a nuestro sentido de la vista, en cambio, como herramienta publicitaria, es un “comercial” que vende un producto destinado a ser escuchado, más que visto: el disco. Y es esa su función primordial: la de vender discos.
Obviamente, un videoclip puede tener un gran valor artístico, pero, si no consigue incrementar de forma sustancial las ventas del disco del cual forma parte la canción, será considerado un fracaso, y la inversión hecha en él no se habrá justificado.
Esto nos lleva a establecer una distinción entre el videoclip como forma expresiva y como herramienta publicitaria, distinción que resulta tanto más necesaria en una escena como la peruana, en la que, en primer lugar, hacer un videoclip de nivel profesional supone una inversión económica que —por lo general— está fuera del alcance de los grupos, y, en segundo lugar, prácticamente no existen espacios televisivos en que un videoclip pueda tener una rotación aceptable como para influir en la ventas del disco y, de esa manera, justificar la inversión realizada.
En efecto, si bien es cierto que, como hemos dicho anteriormente, a partir de la década de los ochenta, el videoclip se ha convertido —en los principales mercados del mundo— en la herramienta por excelencia para impulsar las ventas de un disco, en el Perú, la realidad es bien distinta. Por una razón muy simple: hacer un videoclip medianamente presentable supone una inversión que muy difícilmente se verá reembolsada por la venta de discos y/o por los ingresos generados por las actuaciones en vivo.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.













