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Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) es una de las más reconocidas escritoras de microrrelatos en América Latina. A propósito de nuestro Primer Concurso Nacional de Microficción Historias Mínimas (gracias al auspicio de la Fundación BBVA), le hicimos preguntas sobre el género.
¿Cómo nace tu interés por el microrrelato?
Siempre lo disfruté como lectora. En mi país hay una fuerte tradición en el género. Todos nuestros grandes maestros lo han trabajado: Borges, Cortázar, Bioy Casares, y otros quizá menos conocidos como Ocampo, Denevi, Blaisten. Borges y Bioy publicaron en 1955 la primera antología de microrrelatos del continente: los Cuentos breves y extraordinarios. Además, en 1975, cayó en mis manos la revista mexicana El cuento, dirigida por Edmundo Valadés, donde había un concurso de cuento brevísimo. Envié mis primeros microrrelatos, que hoy forman parte de mi libro La sueñera.
¿Cómo se diferencia tu experiencia al escribir distintos géneros?
Escribir novela es lo más penoso: uno va dejando atrás feos borradores y, si no se sigue adelante a pesar de todo, nunca se tiene el material completo como para empezar a trabajar. El microrrelato, en cambio, es puro placer: en unas pocas horas puedo decidir si esa piedrita que encontré en el camino no sirve para nada y hay que tirarla, o es un diamante que brilla al tallarlo.
Algunos de tus microrrelatos tienen un desenlace cómico. ¿Es el relato breve un espacio privilegiado para el humor?
No necesariamente. Es literatura: todas las emociones y sensaciones son posibles y necesarias. A veces el humor (que yo practico indiscriminadamente) es casi un facilismo. Como lectora, tengo más respeto por los microrrelatos ‘serios’. Caer en el chiste es un gran peligro para el género.
¿Qué otros géneros han influido en tu escritura de microrrelatos?
Todo lo que he leído es parte de mí y de mis microrrelatos. Desde los haikus a las novelas de varios tomos.
¿Qué efecto tiene un buen microrrelato?
¡Muerde!












