Por Alfonso Rivadeneyra García

Hay un momento al ver “La doctora” —obra de teatro que va desde esta semana en La Plaza — cuando el espectador es confrontado por lo que ve. Hasta antes de eso se ha dado información específica, en principio por cómo están representados los personajes y por quiénes, pero entonces el guion revela que cierto personaje no es lo que aparenta; ocurre lo mismo después, y en varias ocasiones. No es un giro a la historia, la cual avanza independientemente a la revelación; sí es un desafío al espectador, que al ajustar su mente a los cambios descubre nuevas interpretaciones. Entrar en detalles sobre esto arruinaría la experiencia de visionado; basta decir que lo que ocurre sobre las tablas y en la mente del espectador no son lo mismo, pero uno complementa al otro.

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