Por Alfonso Rivadeneyra García

El 17 de octubre último, mientras Perú sufría contra Argentina por las eliminatorias de Norteamérica 2026 en el Estadio Nacional, había un niño en las tribunas despreocupado por el marcador; en cambio, esperaba una oportunidad. Él saltó al césped, evadió a la seguridad y corrió directo hacia Lionel Messi—futbolista, empresario, filántropo— para abrazarlo. Lo sacaron inmediatamente de la cancha, pero con una sonrisa de felicidad en el rostro; una muestra del efecto que tiene este jugador de 36 años en la gente, sea por sus dos décadas de carrera profesional, por los récords que rompió, por su estatus de ícono cultural o por el mundial que ganó.

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