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Resumen

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Durante su visita a Nueva York, Keiko Fujimori participa en reunión del Escudo de las Américas que encabezó Donald Trump. Foto: X /Keiko Fujimori
Durante su visita a Nueva York, Keiko Fujimori participa en reunión del Escudo de las Américas que encabezó Donald Trump. Foto: X /Keiko Fujimori
Por Rodrigo Murillo

Los salones dorados del Palacio Konstantinovski, en San Petersburgo, brillaban como en tiempos de los zares. A un lado de la mesa aguardaba Vladimir Putin, exagente soviético y hombre fuerte del Kremlin desde hace más de 25 años. Enfrente, Steve Witkoff, un promotor inmobiliario de Nueva York al que Donald Trump ha convertido en emisario para negociar el fin de la guerra en Ucrania. La escena pareció ejercer sobre el estadounidense el efecto buscado. Rodeado de mármol, espejos y siglos de poder ruso, Witkoff prodigó elogios a su anfitrión y acabó describiendo a Putin como un “humanista”. La palabra tardó poco en recorrer el mundo. Un humanista: el mismo hombre sobre quien pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por la deportación ilegal de niños ucranianos. No tiene, desde luego, sentido detenernos aquí en los argumentos y hechos que sustentan dicha imputación. Porque el episodio, en realidad, condensa una inversión histórica mucho más reveladora. Hace 40 años, Ronald Reagan se plantó frente a un imperio más fuerte y extenso que la Rusia de Putin con una doctrina firme, además de sencilla: la paz a través de la fuerza; o, dicho de otro modo, la paz a través de la superioridad militar. Incapaz de sostener la disputa planteada en esos términos por Washington, el castillo soviético terminó por derrumbarse.

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