Cargadores frontales en Ancón, por Josefina Barrón
Cargadores frontales en Ancón, por Josefina Barrón
Redacción EC

Duele constatar cómo, a vista y paciencia de las autoridades, un espacio que es parte de nuestro patrimonio es violentado. Ocurre, como con muchos otros emplazamientos, con la Necrópolis de , uno de los complejos arqueológicos claves a la hora de juntar las piezas de nuestra identidad. En él se establecieron las culturas más tempranas de nuestra civilización, como fue Chavín, y los restos fueron excavados enteramente por .

Igualmente, en 1904, halló un conchal cuyo estudio le permitió establecer una larga ocupación. En toda una explanada denominada Necrópolis de Miramar se desarrollaron y enterraron personajes de diversas culturas como Lima, Wari, Chancay, Ancón e Inca, cuyos restos son mucho más que abundantes.

La Necrópolis de Miramar es uno de los cementerios prehispánicos más extensos del Perú y lugar de asentamiento desde por lo menos el año 200 de nuestra era hasta el año 1532. Es aquí donde se desarrollaron las que son consideradas como las primeras excavaciones científicas de Sudamérica. Esta necrópolis fue el último sitio en ser investigado por Tello antes de su muerte en 1947. Tello emprendió un programa de rescate arqueológico sin precedentes en la historia peruana que duró ocho años en los cuales se excavaron más de dos mil quinientos contextos funerarios con más de veinticinco mil objetos; esto ante la destrucción que venía sufriendo el sitio por el avance urbano.

A pesar de que por décadas la Necrópolis de Miramar ha sido trabajada por especialistas en diferentes momentos, el sitio está en total estado de abandono, convertido en botadero de desmonte y basura, e por cientos de familias quienes han nivelado el terreno bajando los montículos artificiales prehispánicos con cargadores frontales, ante, si no es la indiferencia, la inacción de las autoridades del distrito. Según la legislación actual, proteger nuestro patrimonio arqueológico recae en el Estado a través de instituciones como el , los gobiernos regionales y municipales, y otras. Sin embargo, nadie hace nada para frenar este vandalismo.

Comprendemos que nuestro país es pobre económicamente y que muchas veces resulta difícil controlar las invasiones de zonas intangibles. Consideramos que dado que la procuraduría del Ministerio de Cultura está informada de quiénes son los responsables de estos atentados contra el patrimonio, debería tomar las medidas para desalojarlos. No debemos contribuir a que, a nuestra pobreza económica se le sume la pobreza cultural. Para eso pagamos nuestros impuestos, para eso nos ponemos en manos del quizás demasiado grande y elefantiásico Ministerio de Cultura.

Inevitablemente, la depredación del patrimonio arranca de manera definitiva una parte de nosotros mismos, llevándola al olvido y silencio eternos. Esto nos priva de una extraordinaria riqueza cultural legada, de la cual deberíamos sentirnos orgullosos. Orgullo que de manera particular deberían sentir los propios anconeros, quienes bajo sus pies y casas tienen los vestigios de casi todo el desarrollo cultural peruano prehispánico.

Y me pregunto, ¿cómo se sentiría el padre de la arqueología peruana, Julio C. Tello, si estuviera vivo? ¿Habría, al menos en estas pampas cargadas de misterios, arado en el agua?

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