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El último imperio de Europa
“Lo mejor que le podría pasar a Rusia en el largo plazo es perder la guerra de Ucrania, que el Estado imperial colapse”.
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Resumen
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El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, no podría haber descrito mejor la invasión de Vladimir Putin a Ucrania durante una entrevista en CNN esta semana: “Putin ha cometido el error estratégico y táctico más grande de la historia militar reciente”.
El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, no podría haber descrito mejor la invasión de Vladimir Putin a Ucrania durante una entrevista en CNN esta semana: “Putin ha cometido el error estratégico y táctico más grande de la historia militar reciente”.
El presidente ruso sobreestimó su capacidad para invadir Ucrania y subestimó la determinación y la capacidad de los ucranianos de defender su país. En los inicios de la invasión de 2022 el presidente Volodímir Zelenski de Ucrania lo expulsó del norte y hasta el día de hoy, el glorioso ejército ruso no ha podido tomar ninguna capital provincial, extendiendo su nuevo manto de ocupación tan sólo sobre pueblos y chacras.
Esta ocupación marginal le ha costado a Rusia el arruinar su economía y volverla dependiente de China, así como más del 80% del ejército profesional que tenía pre-invasión y un tercio de su flota del Mar Negro, que yace hundida. Sus técnicas medievales han sacrificado de manera escandalosa e inmoral a cientos de miles de hombres jóvenes rusos, que en hordas siguen siendo lanzados contra las ametralladoras a diario, para tomar sólo algunos metros de tierra.
La reciente entrada de Finlandia a la OTAN significa que la Alianza tiene ahora una nueva frontera de 1,300km con Rusia, a solo 200km de San Petersburgo –un craso error de cálculo del presidente–. Zelenski además, ha violado todas y cada una de las ‘líneas rojas’ de Putin, incluyendo invadir Rusia y quedarse allí por meses. Rusia tampoco puede usar su arsenal de bombas atómicas por temor a ser pulverizada por la OTAN, y está en su situación más débil desde 1917. Todo le está saliendo mal a Vladimir Putin, quien ha demostrado que aquella aura invencible de poder que proyectaba era sólo una fantasía.
Tras este monumental fiasco cualquier gobernante ya habría sido derrocado. Pero Putin no es cualquier gobernante, sino un emperador atrapado en un callejón sin salida por su propia guerra de vanidad, de la cual no puede salirse sin proclamar victoria, pues corre en riesgo su trono y su propia vida. Y como hoy la victoria le es muy lejana, insiste en prolongar la guerra y proyectar una ilusión de poder bombardeando los suburbios de Kiev, mientras se la pasa meciendo al presidente estadounidense Donald Trump al punto de que hasta él le está perdiendo la paciencia. Putin no puede, ni tiene la intención de firmar ningún tratado de paz con sus resultados a la fecha.
Esta obstinación no solo responde a los intereses de Vladimir Putin. Para entender el problema de fondo tenemos que ver más allá de él, y darnos cuenta de que Putin es tan sólo el ocupante momentáneo del trono del último imperio verdadero - a la antigua -, que tercamente persiste en Europa. Si Putin cayera, el aparato estatal ruso que en 1000 años nunca le ha dado libertad al pueblo, lo tendría que reemplazar con otro emperador, pues la única manera como Rusia puede mantener su integridad territorial presente, es continuar siendo un imperio. Rusia requiere de ser una dictadura para mantener su forma actual, necesariamente.
Rusia, el país más grande del mundo, es el único país en la historia reciente que ha invadido a un país vecino para obtener aún más territorio. Una mentalidad imperialista motiva a que un Estado quiera hacer crecer su riqueza mediante la ampliación de su territorio y el dominio de pueblos vecinos.
Esto también describe la necesidad de Rusia de persistir en su forma imperial, pues dentro de su territorio mantiene bajo el yugo a decenas de grupos étnicos muy diversos, como chechenos, kalmyks, mongoles o tártaros, que no comparten con la mayoría rusa ni la cultura, ni la religión, ni tampoco la historia con la única excepción de haber estado todos bajo el dominio imperial ruso por siglos. Muchos de estos grupos étnicos además, constituyen la mayoría aplastante en provincias rusas fronterizas, y tienen el anhelo ancestral de independizarse. La Federación Rusa es en realidad, un imperio donde una mayoría étnica rusa y cristiana mantiene dominadas a diversas minorías étnicas que viven en zonas periféricas del territorio. Como ejemplo, en la provincia caucásica de Ingushetia los rusos representan tan sólo el 0,7% de la población.
Esto significa que si Rusia dejara de ser gobernada por un emperador / dictador, al día siguiente provincias fronterizas como Tuva, Daguestán, Chechenia, Ingushetia o Alania declararían su independencia y el gobierno central lo tendría que aceptar, pues la única otra opción sería lanzar al ejército contra estas provincias como lo hicieron Yeltsin y Putin brutalmente contra Chechenia en los 90. Un presidente liberal democrático como lo habría sido Alexei Navalny, jamás habría podido borrar Groznyy –la capital chechena– del mapa y matar a cientos de miles de sus ciudadanos de manera impune como lo hizo Putin amparado en un Estado imperial que no tiene que rendir cuentas a nadie. Un presidente Navalny habría tenido que dejar ir a estas provincias para asegurar la posición de la nueva Rusia democrática en la comunidad internacional.
Países como Alemania y Francia se volvieron democracias prósperas y estables luego de perder sus últimas guerras imperialistas: la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Argelia, respectivamente. Se dieron cuenta, al igual que otros países como Austria, de que no podían seguir dominando eternamente a otras culturas tan distintas a ellos si querían integrarse a la modernidad. Lo mejor que le podría pasar a Rusia en el largo plazo es perder la guerra de Ucrania, que el Estado imperial colapse y que tengan la madurez de dejar que se vayan las provincias de mayorías étnicas diferentes, con lo cual tendrían la oportunidad de convertirse finalmente en una democracia avanzada.
Rusia tiene un pueblo valiente y grandioso, que ha hecho grandes aportes a la humanidad y se merece un Estado democrático que les garantice esa libertad, estabilidad y prosperidad que tienen sus vecinos europeos. Las madres rusas no se merecen vivir bajo una tiranía que se roba a sus hijos para mandarlos a la guerra como carne de cañón. Rusia ha sido bendecida con gente instruida, productiva y trabajadora, pero que está siendo ahogada por un Estado anacrónico que no le permite desarrollar todo su potencial. La Rusia Imperial de los Zares nunca se extinguió, sólo se transformó en el Imperio Soviético y éste, en el Imperio actual de Vladimir Putin; todos los cuales han mantenido en vilo al pueblo ante un constante peligro de enfrentamientos armados e invasiones a los vecinos.
Iván el Terrible debe estar orgulloso de su creación imperial desde el más allá, pero también muy preocupado, si es que las candelas del infierno le permiten observar las barbaridades que está haciendo su sucesor.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.









