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Guerras imperiales, repúblicas descalabradas
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Guerras imperiales, repúblicas descalabradas

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En una carta enviada en 1829 al encargado de negocios británico destacado en Bogotá, opinaba sobre los planes de traer un príncipe europeo para que lo sucediera en el gobierno de la Gran Colombia. El libertador temía, sin embargo, que una intervención extranjera no aplacaría las ambiciones desmedidas de los líderes de turno ni mucho menos mitigaría la desigualdad social que desgarraba a la república que él fundó. “¿Usted cree que Gran Bretaña quedaría satisfecha con un Borbón” o que “las naciones americanas, en especial Estados Unidos, destinada por la Providencia para ser la plaga de América” y eterno tormento “en nombre de la libertad”, estarían de acuerdo con ese plan? Todas las repúblicas de la región llamarían a una cruzada y se desataría una conspiración universal contra la Gran Colombia. En ese escenario, las potencias occidentales mirarán al otro lado debido a que el Nuevo Mundo no valía una Santa Alianza a pesar, afirmaba Bolívar, de las inmensas riquezas que contenían tanto Colombia como su natal Venezuela.

En la actual escaramuza imperial, en la que participan varias potencias, y que por desgracia parece arraigarse en una región cuyos líderes apañaron a una cleptocracia perversa y asesina, las palabras de Bolívar brindan luces sobre la presente intervención militar en Venezuela. Cabe recordar que desde su participación en la independencia de Cuba (1895-98), la tierra del “destino manifiesto” ha sido un constante “tormento” no solo para el Caribe, sino para todo el hemisferio. En un contexto de volatilidad política y de un capitalismo en busca de nuevas oportunidades, Bolívar reconoció tempranamente un dilema que podía aplicarse fácilmente a las repúblicas emergentes. Esto es estar atrapadas entre la ambición desmedida de un liderazgo ensimismado en sus guerras y apetitos internos, la miseria –física y moral– de una población para la cual la independencia no significó nada y la rapacidad de un imperio en ciernes, siempre entrenado para el zarpazo sorpresivo. De ese entrenamiento dio cuenta el presidente Trump al declarar que la operación militar sobre Venezuela, “profunda, violenta y profesional”, fue un magnífico show televisivo en “tiempo real”.

Lo más conmovedor de esta historia que tiene muchos cómplices, entre ellos todos los enriquecidos con la salvaje dictadura chavista-madurista, es que, bajo la justificación de los 300.000 muertos anuales por las drogas que salen de Venezuela y la brutal presencia del Tren de Aragua en las Américas, un imperialismo de nuevo cuño (MAGA) se va instalando en Sudamérica. Una relectura de la Doctrina Monroe busca subsanar, además, una serie de derrotas norteamericanas en el Medio Oriente, validando un reposicionamiento en territorios ahora bajo el control económico de Rusia, China e incluso Cuba e Irán. Porque seamos sinceros, la soberanía venezolana fue violentada con la complicidad del mundo entero y la sed de petróleo no es solamente norteamericana, aunque Trump acaba de declarar que su decisión política, sumada al profesionalismo del “mejor ejército del mundo”, están definiendo una nueva hegemonía norteamericana: “Estados Unidos administrará Venezuela hasta una transición adecuada y legal”. En esta declaración, que omite a María Corina Machado, no podía faltar el elenco corporativo, en el cual obviamente destaca la avanzada de esta nueva territorialización planetaria: el complejo tecnológico-militar.

En la entrevista posterior al bombardeo de una serie de instalaciones estratégicas y de la captura de Nicolás Maduro, la presidenta de México fue descrita por Trump como una señora que, aunque simpática, no gobierna la república vecina, ahora en manos de los cárteles. Y fue en ese momento que recordé uno de los mejores libros, “Empire’s Workshop”, que se han escrito sobre el imperialismo norteamericano. Para Greg Grandin, Latinoamérica fue, desde inicios del siglo XX, un campo de entrenamiento, teórico y práctico, para futuras guerras imperiales. Prosiguiendo con el modelo grandiano, nótese que “la defensa de la democracia” ya no es el objetivo, sino la lucha contra los cárteles del narcotráfico. Lo interesante de este “revival imperialista”, sazonado con fake news y enredos trumpistas, es que la intervención “quirúrgica”, captura y extradición de Maduro a Nueva York sigue un libreto inaugurado en México con el secuestro y extradición al mismo lugar del ‘Mayo’ Zambada (jefe del Cártel de Sinaloa). El Perú, un país productor de cocaína y con un gobierno corrupto además de inepto, puede ser el siguiente en la lista de “los narcoestados a civilizar”. Entonces, hagamos la tarea institucional que nos corresponde en lugar de pelearnos, entre nosotros, respecto a los dos villanos de una tragedia donde las víctimas reales son nuestros hermanos venezolanos, un pueblo mártir e itinerante que merece una vida mejor.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Carmen McEvoy es historiadora.

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