El gobierno que inicie en el 2026 requiere un plan económico sólido y ambicioso. Para crecer a más del 6% se necesita una transformación de las políticas de competitividad, con soluciones que vayan más allá de infraestructura y aborden otras restricciones productivas. El ‘boom’ agroindustrial peruano es un caso de coordinación productiva entre sector público y privado de referencia mundial. El fortalecimiento de Senasa como agencia sanitaria ha permitido la certificación de productos de exportación bajo estándares internacionales. La agroindustria es hoy un motor de crecimiento de empleo formal que permite a empresas pequeñas, medianas y grandes colaborar juntas en clústeres productivos altamente competitivos.
¿Cómo replicar este éxito en otras industrias? Lo primero es cambiar la manera en la que el Gobierno interactúa con el sector privado. El exministro de Economía José Salardi logró abordar con éxito la clásica “falla de coordinación” público-privada, abriendo después de mucho tiempo las puertas del MEF al diálogo directo con líderes del sector empresarial. Se reunió no solo con representantes de gremios, sino con los tomadores de decisiones de inversión para llegar a acuerdos concretos y de alto impacto económico. El efecto fue claro: 16 de los 18 indicadores de expectativas del BCR pasaron al tramo optimista, y la intención de inversión a 12 meses marcó un máximo de cuatro años.
Lo segundo es institucionalizar una arquitectura de competitividad por industrias. Necesitamos dar un paso más allá de las políticas académicas de poco enfoque práctico y dirigirnos a políticas activas de promoción de industrias verticales. Lo primero es hacer un mapeo de clústeres, es decir, identificar a grupos de empresas, universidades, centros tecnológicos y gobiernos que comparten ubicación, mercado y desafíos. Luego, estructurar el planeamiento y políticas de competitividad entorno a clústeres.
Finalmente, para convertirnos en el socio preferido de inversionistas y en el ‘hub’ de las industrias del futuro, el Perú requiere poner en el centro de su política económica la atracción de inversión privada, canalizando los nuevos corredores de comercio, tecnología e inversión. Para ello, es urgente fortalecer el trabajo de Prom-Perú, Pro Inversión y las embajadas del Perú en el extranjero con equipos especializados en la atracción de inversión hacia industrias y servicios tecnológicos, que tengan una agenda industrial sólida más allá de la promoción del turismo, cultura, gastronomía e infraestructura.
Un nuevo gobierno con ambición de crecer a tasas sostenidas necesitará embarcarse en un proceso de descubrimiento de potenciales industrias para el Perú y desplegar esfuerzos para acompañar su despegue. La coordinación público-privada, el despliegue territorial-industrial y la arquitectura de clústeres económicos son condiciones necesarias para transformar la calidad y la velocidad de nuestro crecimiento.
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