Desde hace dos años sufro una enfermedad que ha paralizado la mitad de mi cuerpo. Durante este período, han sido principalmente los amigos los que me han acompañado sostenido y protegido.
Son numerosos los estudios que muestran que la amistad es uno de los arreglos sociales más importantes para el paciente con cáncer. Y aunque los familiares también son esenciales, no tienen el mismo peso y cobertura que los amigos, por varias razones. Principalmente, porque la relación amical es construida, la familiar es adscrita. En otras palabras, el amigo es cómplice, la familiar se construye sobre la base de códigos formales. Sean legales, religiosos y de afinidad, al ser cómplice, con el amigo, compartimos los aspectos más secretos y a veces oscuros de nuestro ser. Por eso con nuestros amigos vivimos las primeras infracciones: la primera borrachera, la clandestinidad política, la movilización callejera, la fiesta clandestina, el cigarrillo escondido y otros pecadillos.
El paciente con cáncer y discapacidad sufre de aislamiento y soledad y los amigos son los que ayudan a paliar esta condición. Ahora, para que la relación de amistad sea beneficiosa para el paciente debe –en mi opinión y experiencia– cumplir algunas condiciones. El primer lugar, debe tratar al amigo con cáncer como un todo y no reducirlo a su enfermedad. Es decir, ser el amigo de siempre. En mi caso particular, mis amigos saben que el discurso triunfalista y optimista me disgusta, o sea que no me vengan con un “sí puedes, eres más que la enfermedad” y cosas parecidas.
Con este discurso no logran conectarse con mis necesidades. Yo siento que la enfermedad que tengo es una porquería y no un mecanismo para que me vuelva mejor o más fuerte. Prefiero que el amigo diga que va a estar cerca y cuidará de mis seres queridos cuando yo no esté. Y los apoyará en mi ausencia porque me da tranquilidad. Que me apoyen en mis deseos de escribir, que me ayuden a programar mis finanzas, con los amigos que me acompañan realizo actividades que fortalecen el vínculo. Por ejemplo, tomarnos un rico ron caribeño, vemos películas clásicas y hablamos de política, también recordarnos –buen ejercicio para la memoria de los “viejitos”– algunas cosas de nuestras vidas compartidas y asuntos íntimos que por restricciones no compartíamos anteriormente.
Lo más saludable es que las amistades que nos acompañan sean de varones y mujeres para así romper las barreras de género que afectan y limitan las condiciones y el contenido de la amistad. Desde aquí un saludo y abrazo fuerte a los que me han acompañado en estos tiempos difíciles.
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