“La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación”. Con una frase así, resulta difícil interpretar la encíclica “Magnifica humanitas” de León XIV como una condena a la inteligencia artificial o al emprendimiento tecnológico. Más bien, el documento parece intentar algo bastante más complejo: reconciliar la velocidad de la innovación con una vieja discusión sobre el poder económico y los límites de la prosperidad.
Porque “Magnifica humanitas” no es un manifiesto antitecnología ni una crítica al mercado o a la empresa privada. Leída con detenimiento, la encíclica plantea una pregunta mucho más relevante: bajo qué reglas la innovación puede seguir generando riqueza sin terminar concentrando un poder incompatible con una sociedad abierta.
Y esa pregunta importa más de lo que parece si consideramos que los principales motores de la economía digital ya no son los estados, sino conglomerados tecnológicos privados capaces de controlar datos, infraestructura computacional y los nuevos activos digitales, en montos superiores al PBI de varios países.
La encíclica reconoce explícitamente este fenómeno y plantea que esos nuevos activos –datos, algoritmos, plataformas y patentes– no pueden analizarse únicamente desde una lógica de propiedad total. Tal planteamiento ha generado preocupación en quienes interpretan el documento como una crítica directa al ecosistema tecnológico global o, incluso, como un intento de limitar la innovación. Sin embargo, una lectura cuidadosa muestra algo distinto.
El texto reafirma la legitimidad de la iniciativa privada y reconoce el rol positivo de la empresa en la generación de la prosperidad. Aunque sí cuestiona al llamado “rentismo digital” y su afectación a la salud de un sistema económico libre. En esa línea, es interesante observar que los planteamientos más económicos de la “Magnífica humanitas” conversen con los del economista francés y premio Nobel de Economía Philippe Aghion, al reconocer que la innovación necesita de competencia para existir, razón por la cual una economía de la inteligencia artificial concentrada en unos pocos actores puede enajenarla si limita la capacidad de más innovadores para ingresar al mercado.
Por eso, sin proponérselo –o quizá, precisamente, buscándolo–, el diagnóstico de “Magnifica humanitas” se acerca bastante a la lógica schumpeteriana de la “destrucción creativa” porque, en efecto, la innovación genera crecimiento, pero solo cuando existe suficiente competencia para permitir que nuevos actores desafíen a los ya establecidos. Cuando esa dinámica desaparece, el capitalismo deja de innovar y empieza a proteger solo privilegios.
Desde un análisis más económico, la encíclica del papa León XIV insiste en la transparencia algorítmica y en un acceso más equitativo a los recursos digitales, no como obstáculos a la expansión tecnológica, sino como condiciones necesarias para sostenerla en el tiempo.
Tal vez ahí reside el punto más provocador del documento: la idea de que proteger la dignidad humana y preservar mercados competitivos no son agendas opuestas, pues la creatividad humana solo sigue siendo el motor de la prosperidad, mientras que el sistema evite convertirse en un mecanismo diseñado para proteger eternamente a quienes llegaron primero.
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