Más allá del hecho que hoy ocupa titulares –el caso investigado en un bus escolar del Liceo Naval Almirante Guise, donde un estudiante habría sido víctima de una agresión sexual–, la situación nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando algo terrible sucede delante de otros y nadie interviene a tiempo?
Más allá del hecho que hoy ocupa titulares –el caso investigado en un bus escolar del Liceo Naval Almirante Guise, donde un estudiante habría sido víctima de una agresión sexual–, la situación nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando algo terrible sucede delante de otros y nadie interviene a tiempo?
Sería un error quedarnos únicamente en la indignación o en la búsqueda de culpables. Un hecho tan grave debe ser investigado. Pero también debería obligarnos a mirar más profundamente: ¿qué está pasando con nuestra sociedad y con la formación que damos a nuestros jóvenes?
Este episodio no puede entenderse solo como la conducta de unos cuantos adolescentes. Es también una señal de una crisis de valores que venimos tolerando: la pérdida del respeto por los demás, el debilitamiento de los límites, la naturalización de conductas violentas y, sobre todo, la idea de que todo está permitido porque cada individuo conoce y reclama sus derechos, mientras sus deberes quedan relegados a un segundo lugar.
Una sociedad no se convierte en una horda de un día para otro. Primero deja de corregir. Después deja de indignarse. Luego comienza a justificar. Finalmente aprende a mirar hacia otro lado. Hemos construido una cultura en la que muchas veces tememos corregir. Confundimos poner límites con vulnerar derechos; disciplina con autoritarismo; consecuencias con castigo. Y en ese afán de proteger a nuestros hijos de toda frustración, podemos terminar dejándolos indefensos frente a una realidad en la que cada acto tiene consecuencias y la libertad no significa hacer lo que uno quiere, sino responder por lo que uno hace.
Los derechos son fundamentales, pero enseñar derechos sin enseñar deberes, respeto, autocontrol y responsabilidad es una formación incompleta. Un joven debe saber que su dignidad importa, pero también que la dignidad del otro tiene el mismo valor. Debe aprender que la presión del grupo no justifica la violencia y que ser menor de edad no significa vivir al margen de las consecuencias de los propios actos.
La formación empieza en casa y continúa en la escuela. Los padres debemos educar con límites claros; los colegios deben poder ejercer autoridad y disciplina dentro de la ley; y la sociedad debe dejar de desautorizar a quienes tienen la responsabilidad de formar.
Quizá esa sea la reflexión que este doloroso episodio debería dejarnos: no basta con preguntarnos qué ocurrió. Tenemos que preguntarnos qué hemos dejado de enseñar para que algo así pueda ocurrir.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.