ChileVoces en el eco
“En el Perú, donde las cicatrices de la historia aún duelen, esa autenticidad es tanto una promesa como un riesgo”

Periodista

Un murmullo recorre el Perú, no desde las plazas ni los micrófonos gastados de la radio, sino desde las pantallas que sostienen nuestras manos. El ‘streaming’ ha cambiado las reglas.
Un murmullo recorre el Perú, no desde las plazas ni los micrófonos gastados de la radio, sino desde las pantallas que sostienen nuestras manos. El ‘streaming’ ha cambiado las reglas.
En YouTube, Twitch o TikTok, un celular y una idea alcanzan para dar voz a quien antes no la tenía: una tejedora de Ayacucho muestra sus trabajos en un video; un estudiante de Iquitos desgrana la política en un podcast que atraviesa selvas. Es una apertura sin precedentes, un espacio donde las voces marginadas encuentran eco.
Mette Mortensen, académica noruega de la Universidad de Copenhague, lo explica con claridad: “El streaming ha dado a los jóvenes el poder de crear, combinando tecnología con un anhelo de autenticidad”.
En el Perú, donde las cicatrices de la historia aún duelen, esa autenticidad es tanto una promesa como un riesgo. Ilumina caminos nuevos, pero también puede desorientar.
No todo en este torrente de voces es luminoso. La libertad que empodera a los olvidados también abre la puerta a quienes buscan atención a cualquier precio, cazadores de clics en un río revuelto.
La inmediatez del ‘streaming’ favorece lo impactante sobre lo meditado, lo viral sobre lo verdadero. Y en un país donde 43 partidos se preparan para competir en las elecciones del 2026, este flujo de opiniones sin tamiz podría convertirse en un terreno resbaladizo.
Consideremos Good Time, el exitoso podcast de Laura Spoya, Gerardo Vásquez y Mario Irivarren, que llega a reunir a unos 40 mil espectadores simultáneos en vivo. Lo que comienza como una charla desenfadada puede volverse inquietante.
Frente al alza de la delincuencia, han planteado, con cierta ligereza, importar el modelo de Nayib Bukele, el presidente salvadoreño que ofrece orden a costa de libertades. Más preocupante aún, han mencionado a Vladimiro Montesinos y al Grupo Colina como ejemplos de control, sugiriendo que “justos paguen por pecadores” sí garantiza seguridad.
Esas palabras resuenan como un eco doloroso. Montesinos no fue un estratega; fue el arquitecto de un régimen que tejió corrupción y terror. El Grupo Colina no trajo paz; dejó fosas comunes y familias rotas en lugares como Barrios Altos y La Cantuta. Referirse a ellos con ligereza en un podcast no es un simple descuido: es desconocer el peso de una historia que aún sangra.
El problema no es solo lo que se dice, sino su alcance. Good Time no es una conversación privada; es una plataforma que llega a miles de jóvenes desencantados con la política tradicional, que buscan en las pantallas respuestas que no hallan en los partidos. Cuando figuras influyentes lanzan ideas sin sustento histórico, no solo confunden: preparan el terreno para que la frustración se traduzca en apoyo a soluciones extremas. Mortensen lo advierte: “El streaming construye comunidades, pero esa influencia lleva una responsabilidad que muchos pasan por alto”.
Pensemos en el 2026. Con 43 partidos, la campaña electoral será un mosaico de promesas y estrategias, donde las redes sociales jugarán un papel central. Los candidatos no solo hablarán desde tarimas; competirán con ‘lives’, memes y videos virales.
Los ‘streamers’, convertidos en nuevos portavoces, moldearán opiniones con narrativas que no siempre requerirán hechos, solo impacto. Si hoy un podcast puede presentar a Montesinos como una solución, cabe preguntarse qué ideas circularán cuando la contienda se intensifique. Propuestas de mano dura o respuestas simplistas podrían resonar en un país agotado por la incertidumbre, corriendo el riesgo de que la memoria histórica se diluya.
Sin embargo, el ‘streaming’ no es solo un riesgo; también es una oportunidad. Las mismas plataformas que amplifican la improvisación pueden dar voz a quienes narran la historia con rigor, a quienes defienden la justicia con argumentos sólidos. Hay ‘streamers’ capaces de ir más allá del aplauso fácil, de ofrecer reflexiones que fortalezcan la conciencia colectiva. La libertad de hablar conlleva una elección: alimentar el ruido o construir un diálogo que no olvide el pasado.
En un Perú donde la confianza en las instituciones es frágil y la historia sigue siendo un terreno en disputa, el 2026 será más que una elección: será un momento para decidir qué voces queremos escuchar.
No se trata de silenciar a nadie, sino de reconocer que las palabras tienen peso. Los ‘streamers’, los ciudadanos, todos quienes toman el micrófono digital, enfrentan una pregunta: ¿qué futuro queremos tejer con lo que decimos? La respuesta está en elegir la claridad sobre el caos, la memoria sobre el olvido.










