Uno de los peores efectos de la atomización partidaria que enfrenta el país en estas elecciones es la presión que les impone a los candidatos para destacar en un océano de competidores similares. Los incentivos parecen diseñados para polarizar, llamar la atención con ataques gratuitos y plantear propuestas atractivas para grupos específicos de votantes, pero imposibles de aplicar en la práctica.
Como era de esperarse, esto es mal que bien lo que se ha visto en los planes de gobierno, durante la campaña electoral y, más recientemente, en los debates de las semanas pasadas. La superficialidad en la discusión de políticas públicas, los insultos y los lugares comunes no son, por supuesto, materia exclusiva del presente ciclo electoral. Siempre han existido. Pero la proliferación de aspirantes a la presidencia ha agravado problemas endémicos.
Por ejemplo, de acuerdo con el informe del Instituto Peruano de Economía, publicado ayer en este Diario, ninguno de los partidos evaluados presenta propuestas mínimamente responsables con el equilibrio fiscal. Más bien, abundan las promesas de trenes, autopistas e incrementos injustificados de sueldos para trabajadores públicos. Otros, además, expanden el costo de su populismo al sector privado, con propuestas de aumentos enormes del salario mínimo y sobrecostos a la contratación formal. El destrabe e inauguración de innumerables obras públicas es una oferta constante; cómo pagar por todo ello está, en cambio, siempre ausente.
Si el Perú es de los países más insatisfechos del continente con el funcionamiento de su democracia, eso probablemente se debe en parte a que se ha perdido el respeto por la promesa al ciudadano. El número de candidatos a presidente que honestamente prefiere solo prometer lo que puede cumplir quizá se cuenta con una mano. Y cuando el futuro presidente, diputado o senador inevitablemente incumpla su ofrecimiento, la actual desconfianza de la ciudadanía hacia la clase política y la democracia solo se volverá aún más amarga.
En estos últimos días de campaña lloverán aún más promesas entre improvisadas e irresponsables. Entrando al siguiente quinquenio con una caja fiscal más ajustada que antes, estos ofrecimientos no son juego. La mayoría de los candidatos hará todo lo que pueda para escalar posiciones en el apretado pelotón. Los ciudadanos estamos advertidos de que, si algo suena muy bueno para ser verdad, probablemente lo mejor sea dejarlo pasar.