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Editorial: La necia noria

Ninguna reforma política será posible en medio de la reavivada pugna entre el Ejecutivo y un sector mayoritario del Congreso.

Editorial

Vizcarra/Congreso

"Y si la confrontación gratuita resultaba absurda en cualquier escenario, en el del afán por lograr la mencionada reforma lo es de manera doble".

Cuando se escriban las crónicas sobre lo que ocurrió en los dos primeros años del gobierno de Peruanos por el Kambio (PPK), el rasgo que de seguro destacarán todos los autores será el del enfrentamiento entre el Ejecutivo y un sector mayoritario del Congreso. No es que nunca antes en nuestra historia semejante pugna hubiese tenido lugar (de hecho, el fenómeno se ha producido cada vez que la organización política que alcanza la presidencia no tiene o consigue una mayoría en el Legislativo). Pero, ingenuamente quizás, los peruanos habíamos asumido que las lecciones sobre lo inconducente que había resultado esa ciega lucha en el pasado nos había vacunado definitivamente contra ese mal.

No fue así. Las dosis de responsabilidad en la renovada versión de esa triste querella que vimos entre el 2016 y el 2018 se pueden discutir, pero la circunstancia de que ella fue el principal motivo de que el país estuviera paralizado en materia de reformas y con un crecimiento económico deficiente, no.

Con Martín Vizcarra ya convertido en presidente y la iniciativa del referéndum en marcha, la necia noria pareció detenerse. Aunque a regañadientes, la mayoría fujimorista y sus aliados depusieron sus gestos más hostiles hacia el gobierno y aprobaron las propuestas sobre la reforma del sistema de justicia que debían ser sometidas a consulta popular. En medio del rechazo al entrampamiento político de los dos años anteriores expresado cotidianamente en las calles, hasta se escucharon autocríticas de parte de ciertas bancadas sobre el exceso que podía haber existido en su actitud “fiscalizadora”.

No tuvo que pasar mucho tiempo, sin embargo, para que el viejo síntoma volviese a manifestarse. Si miramos los últimos acontecimientos que han pautado la relación entre el Parlamento y el Ejecutivo, efectivamente, notaremos que el fuego de la disputa entre ellos se ha reavivado.

La aspereza del trato al ministro del Interior y las autoridades policiales en la Comisión de Defensa, la desmesura de ciertas intervenciones de FP y sus adláteres durante la reciente interpelación a la ministra de Educación y la morosidad con la que la Comisión de Constitución está procesando las propuestas de reforma política que le ha presentado el gobierno dan la nítida impresión de ser distintas escaramuzas de una gran guerra que se libra a otro nivel.

Haríamos mal, sin embargo, en señalar solo a los grupos congresales que van al choque como los azuzadores de este nuevo episodio de la cíclica reyerta, pues la verdad es que, con sus permanentes aguijoneos al Legislativo por su resistencia a “priorizar” la reforma política, tanto el presidente del Consejo de Ministros como el propio presidente de la República han contribuido a la atmósfera de tensión que describimos.

Y si la confrontación gratuita resultaba absurda en cualquier escenario, en el del afán por lograr la mencionada reforma lo es de manera doble, pues ningún empeño requiere tanto de un consenso entre las fuerzas políticas como el de modificar las reglas bajo las cuales se habrá de renovar la representación que ellas ejercen. Procurar que otros estén de acuerdo con uno a fuerza de empujones debe ser, de hecho, uno de los cometidos más descaminados que alguien pueda imaginar.

Llama la atención, además, que ninguna de las dos partes en conflicto comprenda que aquella que rompa la inercia y busque el acuerdo con algo más que invocaciones lanzadas a los cuatro vientos será a la larga la que triunfe políticamente, pues lucirá madura y de veras interesada en solucionar los problemas del país ante una mayoría ciudadana que hoy parece reprobar a todos.

Entre tanto, la única explicación que se nos ocurre para el hecho de que ni unos ni otros sean capaces de distinguir una verdad tan meridiana como esa es que en este ojo por ojo todos se estén quedando ciegos.

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