Un amigo me escribió hace poco desde Madrid, después de casi un año fuera: “Extraño hasta el tráfico de Lima”. No era una simple frase. Hablaba de algo que solo se entiende cuando falta: esa mezcla de garra, calle y sazón que nos hace distintos.
Un amigo me escribió hace poco desde Madrid, después de casi un año fuera: “Extraño hasta el tráfico de Lima”. No era una simple frase. Hablaba de algo que solo se entiende cuando falta: esa mezcla de garra, calle y sazón que nos hace distintos.
Esa garra tiene nombre técnico. Según el Global Entrepreneurship Monitor, uno de cada ocho peruanos adultos está iniciando o dirigiendo un negocio propio. No es casualidad: es una forma de resolver que se aprende desde niños, cuando ver a un padre o una madre trabajar arduamente para llegar a fin de mes se vuelve escuela de vida. Pero hay que decirlo completo. El 72% de quienes emprenden en el Perú no lo hace por vocación, sino por necesidad, porque no encuentra trabajo formal, y menos del 6% de esos negocios sobrevive más de tres años. Ese es el problema real: no nos falta talento, nos falta el ecosistema que lo sostenga. Y ahí es donde entra mi generación.
Los jóvenes no podemos limitarnos a admirar esa garra peruana desde una columna de opinión. En algunos años, nos tocará tomar las riendas de las empresas, los ministerios y las instituciones que hoy criticamos desde afuera. Esa responsabilidad exige formarnos como líderes con propósito, no solo como profesionales exitosos: convertir esa garra en instituciones que duren, en políticas pensadas por quienes las van a vivir, en espacios de conversación que demuestren que sí se puede liderar desde aquí.
Siete de cada diez peruanos creen, según Ipsos, que el país es más grande que sus problemas. Yo también lo creo, pero no basta con creerlo. Ser peruano no es solo una identidad que se extraña con orgullo cuando estamos lejos; es una responsabilidad que se ejerce mientras estamos cerca. Qué rico es ser peruano. Ahora toca demostrarlo construyendo, no solo extrañándolo.