Por Carlos Cabanillas

Los memoriosos recuerdan que así como Pedro Castillo juró simbólicamente en la Pampa de la Quinua, en Ayacucho, Alejandro Toledo hizo lo propio en Machu Picchu, Cusco. Y que el otrora sano y sagrado también apeló al racismo de los pituquitos de Miraflores. Porque, salvando las siderales distancias entre ambos gobiernos, es justo reconocer que, racialmente hablando, Castillo fue Toledo 2.0. Muy a pesar, insistimos, de los muy superiores gabinetes toledanos y su defensa -al estilo de la chacana- del modelo económico.

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