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Durante siglos nuestras uvas han crecido entre desiertos costeros y valles fértiles y han sobrevivido a modas europeas y a la industrialización del siglo XX, pero hoy, las uvas patrimoniales del Perú reclaman su lugar no solo en el pisco, sino también en la copa de vino. Para entenderlas hay que mirar atrás y para ello esta guía intentará contar la historia de cada una de ellas.
Durante siglos nuestras uvas han crecido entre desiertos costeros y valles fértiles y han sobrevivido a modas europeas y a la industrialización del siglo XX, pero hoy, las uvas patrimoniales del Perú reclaman su lugar no solo en el pisco, sino también en la copa de vino. Para entenderlas hay que mirar atrás y para ello esta guía intentará contar la historia de cada una de ellas.
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Como explica Willy Vargas Paredes, autor del libro “Criolla”, las primeras vides llegaron desde el sur de España en el siglo XVI y encontraron en el Virreinato del Perú, con Lima como puerto clave y Potosí como gran centro de consumo, el escenario perfecto para expandirse por Sudamérica. De esas primeras cepas nacieron cruces y mutaciones que hoy forman parte de nuestra identidad vitivinícola.
Por su parte, Pedro Cuenca, promotor del vino peruano, lo resume así: “No son uvas pisqueras. Son uvas patrimoniales. Sirven para vino y para pisco. Y tienen más de 400 años de historia en nuestro territorio”.
Quebranta
Si hubiera que elegir una uva que represente al Perú, sería la quebranta. Nace del cruce entre la negra criolla y la mollar, y está registrada como uva peruana ante la Organización Internacional de la Viña y el Vino.
Tradicionalmente asociada al pisco, hoy vive una nueva etapa enológica. Con ella se elaboran tintos ligeros y, sobre todo, rosados frescos, vibrantes y gastronómicos. En 2024, un rosado de quebranta fue elegido el mejor rosado del Concurso Catador, uno de los certámenes más antiguos de Sudamérica.
Se adapta mejor a altitudes menores a 2000 metros y encuentra en la costa sur (Ica, Cañete, Arequipa) su mejor expresión. En copa, puede mostrar fruta roja fresca, buena acidez y una versatilidad ideal para la cocina criolla.
Torontel
Hija de la negra criolla y la moscatel de Alejandría, la torontel peruana no es la misma que el torrontés argentino, aunque compartan padres. Son, como dice Cuenca, “hermanas en distintas tierras”.
Es una uva aromática, expresiva, perfecta para blancos frescos o vinos jóvenes. En nariz puede recordar flores blancas y frutas cítricas. En boca suele ser amable, lo que la convierte en una puerta de entrada ideal para quienes están acostumbrados a vinos dulces y quieren iniciarse en estilos secos.
Willy Vargas destaca que estas cepas criollas maridan naturalmente con nuestra comida. Un cebiche con torontel o un tiradito con un blanco de moscatel pueden tener más coherencia que con muchas variedades internacionales.
Moscatel negra del Perú
Menos conocida, pero igualmente relevante, la moscatel negra del Perú nace como mutación de la negra criolla y tiene como cuna histórica la zona sur, especialmente Arequipa, Moquegua y Tacna.
Es aromática y ha demostrado gran potencial en rosados de alta calidad. De hecho, el vino peruano mejor puntuado en el Concurso Catador 2025 fue un rosado elaborado con esta variedad.
Su perfil combina intensidad aromática y frescura, y confirma que las llamadas “uvas pisqueras” pueden producir vinos competitivos a nivel internacional.
Negra criolla
Es una de las primeras uvas que llegaron desde Andalucía e Islas Canarias. En Chile se conoce como uva País; en Argentina, como Criolla Chica. En el Perú es la madre de varias de nuestras criollas.
Produce vinos ligeros, de menor color e intensidad que las variedades europeas modernas, pero con gran valor histórico. Vargas insiste en que durante más de 300 años estas cepas abastecieron un circuito comercial que iba de Lima a Potosí.
Italia
Conocida en nuestro país como Italia, pero es la misma moscatel de Alejandría que llegó del sur de España. Aromática, intensa y versátil, ha sido clave tanto en pisco como en vino. En blancos secos puede ofrecer notas florales y frutales muy marcadas.
Borgoña
Mención especial merece la llamada borgoña, elaborada con la variedad Isabella, un híbrido entre vitis vinifera y vitis americana. No es una uva vinífera tradicional, pero en el Perú se ha convertido en el vino de mesa por excelencia.
Dulce, perfumado y de consumo popular, es el vino del domingo familiar. Para algunos, símbolo de tradición; para otros, una categoría que aún puede evolucionar hacia mayor calidad. Lo cierto es que forma parte del paisaje vitivinícola nacional.

Una nueva oportunidad para las uvas patrimoniales
El consumo del Pisco en el Perú es importante, pero es un buen momento para replantear el futuro de las variedades de uvas que ofrece la tierra y como señala Cueva, “el vino es más universal”. En ese sentido, apostar por vinos de uvas patrimoniales no solo diversifica la oferta, sino que puede evitar que muchos productores arranquen sus viñas para sembrar cultivos más rentables.
Las uvas patrimoniales no son una moda ni una nostalgia. Son una oportunidad. Una forma de beber historia en presente. Y, quizás, un futuro prometedor para el vino peruano.
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