De niño, Gustavo Rodríguez quería ser taxista. No imaginaba un empleo más divertido que moverse por la ciudad, manejando un auto y que encima le pagaran por ello. Por ello, una novela como “Mamita” o la previa “Treinta kilómetros a la medianoche” apelan a una larga conversación entre hombres; un narrador y su chofer temporal, al interior de un auto que sirve de vehículo del diálogo. La cabina les permite aislarse de la realidad y a la vez dar cuenta de ella, mientras la ciudad espera que estacionen.

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