En Nauta, un poblado que el tiempo dejó olvidado a cien kilómetros de Iquitos, existe entre todas las leyendas antiguas una que calza asombrosamente con esta historia. Un hombre, dueño de tierras arrebatadas a la selva a punta de callos, tenía dos hijos que se llevaban dos años entre sí. El mayor era un niño bondadoso, pero algo timorato. Le gustaba arrodillarse durante horas para observar las plantas, se escondía de su padre tras una roca para dibujar pájaros y prefería mil veces pasar el tiempo en la cocina con las mujeres o alimentar a las aves de corral que aventurar un paso en la maleza.

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