De Luis Francisco Palomino (Lima, 1991) ya habíamos tenido noticias: en el 2019 se reseñó en esta columna su primer libro de cuentos, “Nadie nos extrañará”, que circulaba por los vericuetos de una narrativa popular asociada al realismo sucio, a la que se han adscrito posteriormente jóvenes como J.J. Maldonado, Enmanuel Grau o Leonardo Ledesma Watson. El debut de Palomino resultaba prometedor, pues había en esos relatos una verosímil recreación de ese convulso universo que es San Juan de Miraflores -sus cerros que se confunden con la noche, la miríada de luces que los constelan como estrellas turbias, las calles enrejadas, la violencia latente en ciertas esquinas- y una poco común agilidad para contar. También podíamos detectar vacilaciones a la hora de rematar sus historias, que tendían a finales tan sorpresivos como disonantes, así como la inclinación por el trazo grueso en el tratamiento de algunas situaciones y psicologías.

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