¿Realmente habrá una nueva normalidad o es una ilusión, una esperanza? (Ilustración: Enrique Gallo)
¿Realmente habrá una nueva normalidad o es una ilusión, una esperanza? (Ilustración: Enrique Gallo)

La pandemia generada por el coronavirus es, ante todo y fundamentalmente, una emergencia sanitaria que ha puesto en vilo al mundo entero. Frente a ella son los médicos, epidemiólogos, infectólogos y, en general, los científicos de la salud los que tienen la palabra. Pero la propagación del virus conlleva, a su vez, efectos económicos, sociales y psicológicos igualmente graves. Y desencadena miedos, interrogantes y expectativas que parecen no encontrar respuestas, sino, únicamente, incertidumbre.

Por eso tiene razón el filósofo y antropólogo Néstor García Canclini cuando sostiene, en un artículo publicado hace unas semanas en el diario argentino Clarín bajo el título de “La dictadura sanitaria por el coronavirus y la vigilancia corporativa generalizada”, que es necesario “diferenciar los deseos sobre lo que quisiéramos que ocurra luego de la pandemia de lo que es razonable esperar, y lo que podemos pensar y hacer ahora”. Para ello, hay que observar de qué manera se altera nuestro modo de socializar y si, a partir de estos momentos, “es posible que los ciudadanos transformemos las maneras de acompañarnos y tomar distancia, entender las desigualdades y lo que es ineludiblemente común”.

García Canclini recuerda que la pérdida de derechos de los ciudadanos es un proceso cuyos orígenes se remontan al momento en que, con la consolidación de la videopolítica, la formación de la opinión pública se desplazó de las plazas y las calles a la televisión y, luego, a las redes sociales. La pandemia no ha hecho otra cosa que profundizar radicalmente las mutaciones que han acompañado a ese desplazamiento: periodistas, opinólogos, expertos y demás comentaristas graban desde sus casas utilizando skype, zoom u otra modalidad online. Todos tienen algo que decir y a todos se les brinda una atención y un espacio similar. Resultado: una torre de babel en que reina la confusión y en la que la audiencia no sabe cómo discernir el trigo de la paja. La participación se acrecienta en virtud de la masificación de los dispositivos digitales, pero el cacofónico coro de voces se transforma en un inmenso y perturbador runrún que diluye las posibilidades de comprensión de lo que está sucediendo.

En este contexto, como bien señala García Canclini, “intentar predecir cómo cambiarán nuestras maneras de vivir y esperar, en las élites y en las masas, es temerario”. Los gobiernos aplican políticas erráticas mientras los miles de millones de personas confinadas en sus casas esperan una señal que les indique cuáles serán los pasos por seguir para encontrar la luz al final del túnel. Aquí es donde resulta crucial diferenciar los deseos sobre lo que quisiéramos que ocurra después de la pandemia —los wishful thinking— de lo que es razonable esperar. En esa línea, cabe destacar la capacidad de los ciudadanos para organizarse y compartir información incluso en ausencia del Estado; la incógnita sobre el derrotero que seguirá el capitalismo y la geopolítica mundial; el reforzamiento de los medios digitales y electrónicos en la vida cotidiana, así como de la comunicación a distancia; la potente sensación de que no hay futuro; y, last but not the least, la esperanzadora revalorización de los vínculos afectivos.