Diez años después de su fallecimiento, Eduardo Chirinos (1960-2016) sigue provocando iniciativas editoriales y convocando a sus fieles lectores. No hace mucho la editorial española Pre-Textos lanzó su poesía completa en dos macizos tomos, y recién hace unos días ha salido de la imprenta “Harmonices mundi”, poemario póstumo que apareció en España hace una década y al que ahora podemos acceder en una bella y rigurosa edición de J.M. Marthans.
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Si bien aquí consideramos a Chirinos como una de las voces más reconocibles entre las que surgieron en los años ochenta en nuestro país, creemos que nunca pudo escapar del todo del estigma de ser un continuador del británico modo del sesenta, como detectó Peter Elmore a propósito de su primer poemario, “Cuadernos de Horacio Morell”. Chirinos fue un poeta epigonal que con los años mostró una evolución técnica apreciable y un oficio acabado. Todo ello no se tradujo en libros importantes o poemas representativos, pero sí en una dicción asequible, plástica, capaz de mutar de lo reflexivo a lo salmódico, de lo lúdico a lo ceremonial y que le permitió labrar una obra vasta y muy coherente con sus propósitos. Podríamos decir que su modelo más palmario es Antonio Cisneros, pero con una diferencia gravitante: donde Cisneros evidencia, Chirinos contempla. La mirada crítica y desenmascaradora del primero es trocada por el segundo en una más complaciente y cómoda de la realidad que lo circunda.
Pues bien, “Harmonices mundi” es una colección que nos muestra tanto los alcances como los límites de la propuesta de Chirinos. Son poemas ecfrásticos: se basan en una serie de pinturas por el artista plástico Miguel von Loebenstein. El libro se abre con el pulcro “Acontecimiento”, que bosqueja una geografía de la vulnerabilidad: “Cuatro rombos entran y salen del rectángulo. El primero / se llama misericordia y gira cada noche / en su cavidad orbitaria. El segundo se llama indiferencia y arroja un astro en el destino. / El tercero se llama dolor y duerme sobre / un manto azul y rosa”. Otras piezas de provecho sobre la fragilidad y la debilidad de lo que vive en la incertidumbre son “Paradigma” y “Nadie puede saber”.
Pero también hallamos poemas que delatan a un Chirinos más guiado por un cadencioso imaginario que bien conocía (como sucede con las zonas cómodas) y que puede desbaratarse bajo el peso de su propia retórica: “Algo lejano persiste en su mirada sin ojos. / Una guitarra cósmica, un piano insolente, / un triángulo astral en la cabeza. Es la hora / del maullido del perro, del ladrido del gato. / Es la hora del caracol y la sirena. Es la hora del payaso violeta” (“Figura con retablo”). Muchas de estas breves composiciones no superan ese rango de la ilustración ocurrente o del ejercicio correcto.
Poco agrega “Harmonices mundi” a la obra de Eduardo Chirinos. En cambio, sirve para rayar la cancha al momento de dilucidar los rasgos de esta poesía: eficaz en sus tramos más dignos, correcta en general, entrañable por vocación. Un mar sereno y cromático en el que podemos introducirnos sin aprensiones.
“Harmonices mundi”
Autor: Eduardo Chirinos
Editorial: J.M. Marthans
Año: 2026
Páginas: 90