Max Hernández Calvo

Los balances de fin de año son siempre un asunto complejo: ¿qué mencionar y por qué hacerlo? Y, por supuesto, ¿qué no mencionar y por qué no hacerlo? Todo balance pone en juego nuestros criterios –lo que creemos valioso, importante, logrado, etc.– que, va sin decirlo, tienen mucho de tentativo y están sujetos a revisión pero que, por obra y gracia del calendario, parecen adquirir cierto peso. 

Estos recuentos suelen centrarse en los nombres propios, en una celebración pública del éxito personal –merecido–. Pero una escena artística se genera colaborativamente. Si bien en todo campo profesional existen relaciones de rivalidad (y el ámbito artístico no es la excepción), el motor de la actividad cultural es la cooperación, no la competencia. A fin de cuentas, como decía Gadamer: “la cultura es el ámbito de todo aquello que se vuelve más al compartirlo”. No obstante, no a todos los participantes se les reconoce por igual (por ejemplo: artistas y curadores suelen acaparar la atención mientras que los igualmente indispensables montajistas o el personal de seguridad, mantenimiento y limpieza, suelen pasar desapercibidos para el público). 

Creo necesario reconocer aquellas iniciativas de largo alcance que han apostado por las artes locales, haciendo del 2015 un año positivo (advierto que mi enfoque es marcadamente parroquial, estando centrado en Lima). Cabe anotar, sin embargo, que el año empezó muy mal con el desacertadísimo borrado de los murales en el Centro de Lima por parte de la actual gestión de la Municipalidad de Lima. En una capital que rinde un culto enfermizo al cemento y al automóvil a expensas del ciudadano que pasea la ciudad (el inexistente respeto al cruce peatonal es evidencia suficiente), el arte en espacios públicos es un antídoto. 

Quisiera comenzar resaltando algunas iniciativas locales que han dado un importante impulso a nuestra escena artística: 

Garúa es un espacio de exhibición/proyecto editorial sin fines de lucro (dirigido por María Balarín y Pablo Hare) lanzado este año. Un programa sólido de exposiciones con importantes artistas –algunos que llevaban largo tiempo sin exponer entre nosotros– ha hecho de Garúa una de las salas más interesantes de Lima.

Proyecto Amil hizo su aparición pública este año con dos exposiciones de larga duración de destacados artistas peruanos contemporáneos; actualmente presenta una serie de intervenciones en el espacio por artistas peruanos y extranjeros. El cuidadoso trabajo curatorial, acompañado por publicaciones críticas sobre las muestras, junto al desarrollo de una programación pública inteligente, dinámica y creativa –algo inusual en Lima– hacen de Amil un referente para la organización de exposiciones en el ámbito local.

La reaparición de Bisagra en octubre (con nuevo local) ha supuesto una inyección de energía a la escena con varias presentaciones de artistas (nacionales e internacionales) y discusiones críticas sofisticadas, en extremo necesarias en una escena que aún no incorpora la programación educativa como uno de sus pilares. Aquí corresponde una mención especial para programas pedagógicos como el “Laboratorio” para artistas de la Galería Wu (en el que he participado), iniciativa que bien merecería ser replicada por otros espacios e instituciones. 

La reapertura del segundo piso del MALI –luego de un proceso de remodelación interminable (y la amenaza de su postergación por Mistura)– ha sido uno de los sucesos culturales del año. Las nuevas y sobrias salas de exposición acogen la colección permanente del museo en una presentación limpia, didáctica y accesible, ofreciendo una visión panorámica de la historia del arte del Perú. 

En esa línea institucional, la reciente inauguración del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social es de enorme trascendencia. El LUM es un proyecto que merece todo nuestro apoyo si bien, dada su naturaleza, demanda un abordaje diferente al de este recuento.  

En cuanto a programación de museos, sobresalen las siguientes exposiciones: “Marcel Odenbach. Movimientos quietos”, “Chambi” de Martín Chambi y el proyecto “MALI in situ. Gabinete de la curiosidad” de Gilda Mantilla y Raimond Chaves en el MALI; “David Lachapelle, Fotografías 1984-2013” y “Espejo de piedra” de Lika Mutal, en el MAC; y “Sin censura” de Ed van der Elsken y “Draftsmen’s Congress” de Paweł Althamer en MATE. 

La apuesta institucional por los trabajos de investigación histórica como “Zona ciega: aproximaciones a la vanguardia en el Perú (1975-1979)” (Icpna) y “La otra margen: pintura geométrica en el Perú (1947-1958)” (MALI), ambas curadas por Augusto del Valle, es digna de elogio. El compromiso con la revisión y recuperación de la historia (también visto en la exhibición “César Calvo de Araujo. La selva misma” en el Centro Cultural Peruano Británico, bajo curaduría de Christian Bendayán, Giuliana Vidarte y Alfredo Villar) es fundamental. 

Finalmente, cabe citar algunas exposiciones particularmente interesantes, sabiendo que dejo en el tintero otras por cuestiones de espacio (y memoria): Eliana Otta, Juan Javier Salazar y Miguel Aguirre en la Sala Luis Miró Quesada Garland; Sergio Zevallos y Armando Andrade Tudela en Proyecto Amil; Ximena Garrido-Lecca, Gabriel Acevedo y Rita Ponce de León en la Galería 80m2; Juan Salas en la Galería L’Imaginaire y luego en Revolver; también en Revolver Andrés Marroquín Winkelmann; Sandra Gamarra y Julia Navarrete en Lucía de la Puente; Miguel Andrade en el Icpna; y José Vera, Flavia Gandolfo y Juan Enrique Bedoya en Garúa. 

Para terminar, quiero subrayar la importancia del lanzamiento del Pabellón del Perú en la 56a Bienal de Venecia –la edición de arte–. En mayo del 2015 presentamos una ambiciosa instalación de Gilda Mantilla y Raimond Chaves, en la que participé directamente (Elena Damiani y Teresa Burga también exhibieron en Venecia por invitación del curador general del evento). Tratándose de la bienal más antigua e importante del mundo, la relevancia de esta plataforma para la internacionalización de la actividad artística local es indiscutible, especialmente considerando que contamos con un pabellón propio en Venecia por veinte años, gracias a una alianza público-privada (el Estado, la Fundación Wiese y El Comercio). 

Como año electoral, el 2016 nos exigirá renovar nuestro compromiso ciudadano con las artes y trasladarlo al futuro gobierno. Ojalá.  

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