Bela Lugosi y su mirada que tenía en partes iguales a seductor y cazador, en "Drácula" (1931). Foto: Universal.
Bela Lugosi y su mirada que tenía en partes iguales a seductor y cazador, en "Drácula" (1931). Foto: Universal.
Por Ricardo Hinojosa Lizárraga

Un castillo que apenas se sostiene sobre sus ruinas. Gigantescas telarañas que lo cubren todo. Columnas y barandas vencidas por los siglos. Ramas secas, polvo milenario, muebles en pedazos. La lenta agonía de quien se niega a morir. Afuera, sombras de murciélagos, ecos angustiantes de nocturnos aullidos. En medio de aquella enorme sala, una aparición baja lentamente unas enormes escaleras, sosteniendo un candelabro, y se presenta con esas palabras ante el esperado visitante: “I am Dracula”, en un inglés de acento balcánico, misterio idiomático que potencia temores y acertijos.

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