Rocío Silva Santisteban en su domicilio, octubre del 2019. El 15 de noviembre del 2020, estuvo cerca de ser designada presidenta de la República tras la renuncia de Manuel Merino. Foto: Hugo Pérez para El Comercio.
Rocío Silva Santisteban en su domicilio, octubre del 2019. El 15 de noviembre del 2020, estuvo cerca de ser designada presidenta de la República tras la renuncia de Manuel Merino. Foto: Hugo Pérez para El Comercio.
Enrique Planas

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Soy la muchacha mala de la historia, la que fornicó con tres hombres y le sacó cuernos a su marido...” escribe en su célebre poema la poeta María Emilia Cornejo. La poeta Rocío Silva Santisteban se inspira en estas líneas para un libro en el que comparte historias de mujeres, incluyendo la suya propia. Su interés por recuperar esos breves perfiles comenzó en las páginas de “Linda”, revista publicada en los años 90 por el diario El Comercio, donde la poeta buscaba explorar la vida de mujeres tan icónicas como Santa Rosa de Lima, Amarilis o Francisca Pizarro, sintiéndose parte de una tradición de mujeres ilustradas que intentaron hacer de la escritura un campo de batalla.

En tu ensayo sobre Santa Rosa, cuentas cómo ella se libró del Santo Oficio porque sus confesores eran los mismos dominicos que formaban parte del tribunal. Ser Santa o ser Bruja eran los dos polos donde se ubican a las mujeres que destacaron en la colonia. ¿Qué las diferencia?

De hecho, la inquisición lo que hizo fue un control biopolítico espantoso del cuerpo de las mujeres, bajo la amenaza de acusarlas de brujería. Las brujas eran las mujeres que estaban vinculadas con la sanación. Lo que hacía Santa Rosa era sanar a la gente. Y lo hacía porque conocía de hierbas medicinales, había estado con los indígenas en Quives y sabía manejar el herbolario de la zona. Y la gente le tenía fe porque lo que ella hacía era aplicar las yerbas. Por ello, el límite entre ser santa y ser bruja es mínimo.

¿Crees que esta dualidad santa/bruja llega hasta hoy día en el imaginario masculino?

A veces sí, aunque cada vez menos. De hecho, uno de los gritos de muchas jóvenes en Europa es “Somos las hijas de las brujas que no pudiste quemar”, frase que aquí se ha convertido en algo más interesante, antirracista y anticolonial: “Somos las hijas de las campesinas que no pudiste esterilizar”. ¿Qué es la bruja? Es la mujer que se sale de su sitio, el sitio de la reproducción y que, de pronto, empieza a tener poder porque adquiere sabiduría.

Santa Rosa y Francisca Pizarro. Fuente: Francisco Lazo/ Fundación BBVA.
Santa Rosa y Francisca Pizarro. Fuente: Francisco Lazo/ Fundación BBVA.

En tu texto sobre Amarilis, cuestionas a Ricardo Palma cuando él niega que los poemas de Amarilis haya sido escrito por una mujer. Un siglo después, un poeta decía que María Emilia Cornejo no escribió los poemas de “La muchacha mala de la historia”. ¿Es que no hemos cambiado nada?

Es increíble. Ricardo Palma encarnaba el prejuicio de su época, acuérdate que la misoginia ha sido siempre un tópico literario. Los hombres, desde Aristóteles hasta Nietzsche, decían que las mujeres éramos inferiores, casquivanas, malas, perversas. Lo que sucede hoy es que todo pasa por el tamiz de lo políticamente correcto. Ya los varones no dicen esas cosas, pero las piensan. Esa polémica sobre los poemas de María Emilia Cornejo, generada por José Rosas Ribeyro, quedó en la nebulosa, pues ni Hildebrando Pérez ni Elqui Burgos dijeron nada. En mi ensayo cuestiono lo que decía: que él había hecho el poema. La hermana de la poeta salió a mostrar los cuadernos de María Emilia, y hay allí muchos poemas verdaderamente interesantísimos. Mientras que José Rosas Ribeyro dice que no valen nada. Que los únicos poemas son los que él inventó. Eso me parece muy mezquino.

A comparación, Ricardo Palma se salva...

Bueno, don Ricardo dijo a propósito de Amarilis que era imposible que una mujer escribiera un poema barroco porque ellas no sabían escribir sino el recado para la lavandería. Como lo demostró el historiador Guillermo Lohmann, eso era completamente falso: una mujer que empezaba a ser letrada podía leer todo lo que le diera la gana, más que los varones incluso. Pienso que estamos en un momento de redescubrimientos: fíjate cómo recién estamos descubriendo a otro Javier Heraud o la reforma agraria.

Imposible no leer sin nostalgia en tu libro el desarrollo de la generación de mujeres poetas de los años 80. Hoy día, es en la narrativa donde florecen las autoras. ¿Qué está pasando?

La poesía está totalmente fuera del mercado, fuera de los periódicos, fuera de todo. Pero quién sabe: en el último número de la revista “Buensalvaje” hay un poema de Vicky Guerrero, una excelente poeta y activista, así como la poesía de Valeria Román, una de las jóvenes que ha estado en las movilizaciones de San Marcos. El activismo de las mujeres se ha compenetrado muchísimo con la actividad creativa. Acabo de estar en un encuentro de escritoras en Arequipa y me ha encantado conocer a autoras jóvenes como Lili Sánchez, July Solís o Sandra Suazo. Veo muchas que están publicando, pero se quedan en libros de poquísimos ejemplares.

Tu libro habla de los muchísimos frentes de la lucha feminista.

Es agotadora, de verdad.

¿Por eso ya no escribes poesía?

¡Escribo poesía todo el tiempo! Tengo un libro titulado “Bronquemas”, porque son poemas de bronca (ríe). No puedo evitar escribir poesía. Claro, a veces me sale espuma. Una no escribe lo que quiere sino lo que puede. Pero es cierto que hay demasiados frentes y eso es muy agotador para las mujeres. Es un cansancio permanente. Pero a mí me encanta que cada vez haya más mujeres súper creativas y solidarias. Y que cada vez haya más jóvenes que se sientan feministas. En los años 90, si una joven decía ser feminista la miraban raro. Hoy es natural. Ahora lo que veo es un montón de muchachos en pánico por el tema del acoso. Yo recuerdo a todos esos poetas impresentables que conocí en mis veintes y treintas. ¡Eran unos demonios de Tasmania! Ese acoso ahora a nadie se lo permiten. Antes, nosotras evitábamos a los acosadores. Ahora se les enfrenta.

A veces temo que ese empoderamiento sea un fenómeno que parece más fuerte en las redes sociales. La violencia de género es transversal a todas las clases sociales…

Trabajo bastante con mujeres rurales y puedo decirte que están bien empoderadas. Por supuesto que hay violencia, pero conozco personas de Espinar, de Satipo, de Oxapampa, de Tía María, capaces de decir “Oye papito, no me apuntes con tu arma”. Y eso debido a todos estos años de trabajo en común y de tomar conciencia de sus derechos. Te digo: los liderazgos autoritarios y caudillistas que vemos ahora van a cambiar. No solo a nivel de partidos, sino en pequeños sectores, barriales o rurales, se está desarrollando otro tipo de liderazgo, menos jerárquicos y más dialogantes.

¿Tu libro es una manifestación de ese optimismo?

Sí. Por eso está dedicado a tres personas: a Susana Reisz, mi modelo académico, un modelo de exigencia; a mi alumna querida, Betsabé Huamán, que finalmente terminó su doctorado en Tulane (EE.UU.) y finalmente a mi mamá, que tiene 96 años y vive sola e independiente, enterada de los procesos políticos, a pesar de su glaucoma, su presión alta y su diabetes. Antes me sentía hermanada con las autoras suicidas como Silvia Plath o Anne Sexton. Ahora pienso que si bien hay que respetar su decisión, prefiero hermanarme con quienes todavía siguen en la lucha. Con la poeta Diane di Prima, que todavía sigue viva, o Patty Smith, una mujer alucinante, creativa, ultrasolidaria, inteligente, rebelde, entregada de una manera alucinante en sus conciertos.

Aclaración: Publicado originalmente el 28 de octubre del 2019 con el titular "Rocío Silva Santisteban: “El límite entre ser santa y ser bruja es mínimo”".

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