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Este es su cuerpo: maltrecho y terco. Y en la Semana Santa conmemora su propia pasión. El poeta Renato Sandoval ha encendido una vela sobre su mesa de comedor solo por el gusto de hacerlo. Están
por cumplirse cinco años de esa sucesión de infartos, operaciones,
stents y 'by-pass' que lo llevaron a visitar las sombras. Allí, al ritmo de
un corazón vacilante, Renato escribió los poemas que componen "Prooémium mortis". Algunos los anotó entre lágrimas, recuerda. Temía que se le venciera el plazo para culminar un proyecto que vivió tanto tiempo en él: escribir sobre un Dios que aún en la experiencia del dolor le resultaba esquivo.
"A veces considero que la poesía arreligiosa es la más mística que puede haber, porque es la más desvalida y huérfana: está buscando
con desesperación un objetivo superior al cual apelar, alguien en quien descansar", dice desde su propia experiencia. La búsqueda de Renato ha sido larga. Por dos años, el director del Festival Internacional de Poesía de Lima fue novicio con los jesuitas. Pasó temporadas en monasterios ortodoxos y tibetanos. Compartió con comunidades amazónicas y africanas. Quería respuestas y la oportunidad de comparar su herencia católica con la forma en que otros se relacionan con la divinidad.
Debajo de las palabras y de tanto caminar, una certeza brilla como una piedra pulida: la del encuentro con lo sagrado. Renato se apasiona con amabilidad al hablar de una vivencia personal de la que no da detalles, pero que considera irrefutable. Es su propia versión de la zarza ardiente. Y, sin embargo, la nostalgia: en sus versos, lucha con
un Dios que no se deja asir y al que menos aún se puede comprender.
"No quiero pensar/ que ya no estás aquí por más que todo me hable
de tu huida, / que te ocultaste tras algún astro no nacido o, peor aun,
en mi propia pena,/ esa que arrastro engrilletado por los saharas de la noche / y que no me deja ni un instante porque me ama como a nadie".
— Hablar en lenguas —
"La eternidad es un hecho más palpable que nuestra nariz", lo dijo alguna vez el poeta José Pancorvo. Quienes lo conocían se llevaban
una sorpresa: al parecer los místicos podían chacchar coca y asustar
a sus amigos danzando con un sable samurái. Pancorvo no se consideraba un místico. Apenas, un admirador de la mística: un promístico. Y sin embargo, su libro "Profeta el cielo" (Alba Editores, 1997) –el primero que publicó– revela su ansiedad por sumergirse en la profundidad del lenguaje para expresar lo elevado.
"José era muy intenso para escribir –dice el poeta y crítico literario
Miguel Ildefonso–. Yo creo que escribía en trance. Buscaba la espontaneidad de la escritura aun cuando escribiera con formas métricas, que él dominaba". Pancorvo se hizo amigo de Miguel a pesar
de superarlo en edad; y a pesar de que él, católico devoto, pertenecía
al grupo conservador Tradición, Familia y Propiedad, mientras que
su amigo, al igual que otros creadores de su entorno, era un ateo de
izquierdas.
Con esa misma familiaridad, Pancorvo alternaba estructuras clásicas como el soneto y la frescura de la poesía visual; saltaba de un estilo culto al habla popular; y como si sintiera la necesidad de orar en lenguas, insertaba fragmentos en latín, en aimara o en quechua. Si elegía el español, quebraba la sintaxis. Según sugirió el poeta y crítico Ricardo González Vigil en una antología, romper las costuras del idioma era, en su caso, una manera de "canalizar el balbuceo del rapto místico".
Entre las páginas de "Profeta el cielo", un libro compuesto como un
canto de alabanza al Creador, respira la ciudad. La teología se encarna
en escenas, la vida minúscula que esconde la Vida. Una idea recorre el
poemario: la eternidad está presente en el tiempo, explica Ildefonso. Hace ya dos años, José Pancorvo se instaló en la eternidad. "No hay mejor lugar para escribir y corregir poesía que el Paradiso", declaró un día.
















