Pensar en longevidad, robots humanoides y demografía mientras el crimen organizado transnacional nos recuerda lo frágil que puede ser vivir en el Perú parece un lujo. Pero los asuntos importantes no siempre tienen que parecer tan remotos ante la urgencia del crimen. A veces, precisamente porque todavía no son urgentes, podemos enfrentarlos mejor, si los encaramos sin rodeos.
Diego Macera ha puesto sobre la mesa un dato incómodo: el Perú envejece más rápido de lo que creíamos. La tasa de fecundidad ya está por debajo del nivel de reemplazo y, si seguimos la trayectoria de países como Chile, nuestra población podría alcanzar su pico alrededor del 2040. La ventana demográfica que suponíamos larga se está achicando. No mañana, felizmente, pero tampoco en ese nebuloso “algún día” que tanto nos gusta usar para postergar reformas. Las generaciones más jóvenes tienen otras nuevas prioridades legítimas y es obligación colaborar a que se logren amortiguando su impacto social. Antes, esa tarea parecía complejísima, pero las disrupciones tecnológicas pueden aligerar mucho la tarea.
Por ejemplo, hace unas semanas lo volví a comprobar en Israel, en donde literalmente la vejez no se espera, y más bien se empieza a prototipar nuevas maneras de llegar mucho mejor a ella. No en vano es el país con el mayor número de ‘start-ups’ vinculadas a la longevidad.
Y mientras aquí discutimos desde la urgencia, Tesla prepara a su robot humanoide, Optimus, para la producción masiva y venta al público hacia fines del 2027. Igual, conviene ponerle una cucharadita de realismo al entusiasmo de Elon Musk, porque los humanoides todavía tienen problemas de destreza, autonomía y costos. Pero el rumbo ya está, sin duda, echado.
La pregunta para el Perú no es, entonces, si veremos robots sirviendo café en restaurantes, sino cómo combinaremos inteligencia artificial, automatización y personas para producir más cuando haya proporcionalmente menos trabajadores jóvenes. Y aparece otro frente que hasta hace poco pertenecía a la ciencia ficción: hackear el envejecimiento. La IA ya ayuda a construir relojes de edad biológica, identificar patrones moleculares y buscar intervenciones que puedan extender no solo los años de vida, sino los años vividos con autonomía. No existe todavía una aplicación para rejuvenecer 20 años –tranquilos, ‘youtubers’–, pero sí una transición desde una medicina que repara daños hacia otra que intenta anticiparlos.
Ahí está la oportunidad. Los próximos 10 o 20 años serán decisivos. Necesitamos elevar la productividad con IA y robótica, y convertir la nueva vejez en una etapa productiva y contributiva tributariamente e invertir desde ahora en prevención, mejores hábitos, alimentación, salud y capacidades digitales.
Vivir más solo será progreso si vivimos mejor y sin trasladar toda la factura a las generaciones más jóvenes que nos siguen.
Por eso necesitamos espacios de futuro: lugares donde Estado, empresas, academia y ciudadanos ensayen hoy las decisiones que necesitaremos mañana. En un país acostumbrado a administrar urgencias, anticiparse parece extravagante. Y, por eso mismo, vale la pena hacerlo pronto.
Ya no basta con hackear la inercia. También tendremos que hackear la vejez para lograr algo bastante más interesante que vivir mucho: ser longevos bien.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.