El Super Bowl registró una audiencia de más de 126 millones de personas, una cifra comparable a la de la final de la Champions League, que alcanzó 135,7 millones. Sin embargo, en el Lejano Oriente tuvo lugar un espectáculo de una magnitud aún mayor. El 17 de febrero se celebró el Año Nuevo Chino. En la víspera, la Fiesta de la Primavera fue trasmitida en cadena nacional para más de 600 millones de espectadores, quienes disfrutaron de una puesta en escena que reflejó la riqueza cultural y el liderazgo tecnológico del país.
Al evocar la cultura china, surgen imágenes como la de los Guerreros de Terracota, magníficas esculturas destinadas a cuidar a Qin Shi Huang, su primer emperador. Además de las maravillosas artes visuales y escénicas, la tecnología forma parte de esta cultura desde que la innovación se volvió política de Estado. Gracias a una sostenida inversión en ciencia y educación, China logró una capacidad industrial insuperable, capaz de convertir prototipos en productos a gran escala.
En la celebración del Año Nuevo, la puesta en escena de un contingente de robots ejecutando complejas coreografías acrobáticas inspiradas en los movimientos del kung fu articula las ancestrales técnicas de lucha con la investigación, el desarrollo y la tecnología de vanguardia. Resulta difícil no asombrarse ante este espectáculo ni preguntarse si estamos presenciando el inicio de una nueva era de prosperidad o el surgimiento de una amenaza inédita para la supervivencia de la humanidad.
Es evidente que robots como los Unitree G1 y H1 no actúan con autonomía plena, sino que responden a rutinas previamente entrenadas. Lo verdaderamente notable es la velocidad con la que aprenden y refinan sus capacidades. Modelos como Genie Operator-1, desarrollado por AgiBot, combinan visión y lenguaje mediante una arquitectura que distribuye tareas entre módulos especializados. Mientras uno interpreta la orden y el contexto, otro planifica la acción y un tercero ejecuta el movimiento. Ese diseño acelera la adaptación y permite que los robots tomen decisiones con creciente independencia. Diversos registros muestran a estos humanoides realizando labores domésticas e industriales, lo que sugiere que su autonomía operativa seguirá expandiéndose en el corto plazo.
En “La otra mitad del mundo” (1959), mi abuelo, el filósofo Francisco Miró Quesada Cantuarias, recordó el intento de Mao Zedong por sustituir la escritura tradicional por el alfabeto occidental, al considerarlo más práctico. Sin embargo, la fuerza de la costumbre prevaleció, y la cultura terminó por imponerse sobre la reforma. Hoy, cuando el país despliega robots capaces de aprender y decidir, no sabemos si la tradición será un límite o, más bien, un marco de contención para el uso de la tecnología. La historia sugiere cautela, pues la pólvora, utilizada en China con fines festivos, fue transformada en Europa en arma de guerra. ¿Serán los propios chinos quienes orienten con prudencia el destino de sus avances, o será nuevamente Occidente quien los adopte y los lleve por caminos imprevisibles para el mundo?
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