(Ilustración: Víctor Aguilar)
(Ilustración: Víctor Aguilar)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

En América Latina, una región en la que las carencias estructurales son muchas y los logros en políticas públicas escasean, la idea del cambio de rumbo suele dominar los discursos de los candidatos en épocas electorales. Salvo cuando los presidentes postulan a la reelección, las contiendas suelen ser una disputa sobre qué candidato está más capacitado para hacer las cosas de manera distinta.  

El ciclo electoral del 2018 en la región no escapa a esa dinámica. En los seis países que elegirán a un nuevo presidente –Costa Rica, Venezuela, Colombia, Paraguay, México y Brasil– el relato del cambio de rumbo está omnipresente y, sin embargo, no está claro de qué se trata ese cambio. En otras palabras, está ausente un debate honesto sobre el modelo de desarrollo más conveniente. 

Por un lado, las condiciones no podrían ser más propicias para debatir el modelo. Sin contar a Venezuela, en todos los casos habrá un cambio en la cabeza del Ejecutivo, pues a excepción del autócrata Nicolás Maduro, ninguno de los otros cinco mandatarios se presentará a la reelección. En América Latina la data muestra que cuando el presidente en ejercicio no se presenta para un nuevo mandato, el partido de gobierno pierde cerca del 80% de las veces. La ausencia de un presidente reeleccionista suele poner el foco en el futuro en vez de constituir un plebiscito sobre el pasado. 

Sin embargo, en todos estos países conflictos internos de distinta envergadura hacen difícil un debate más profundo sobre el modelo de desarrollo. En México, la guerra contra el narco y el crimen organizado monopoliza el debate. El 2017 fue el año más violento en décadas con 12,532 muertos. A eso se suma el eterno y superficial debate sobre si Andrés Manuel López Obrador, el candidato de izquierda que lidera las encuestas, es un demócrata o no. En Colombia es difícil hablar de otra cosa que no sea el proceso de paz y la inserción de las FARC a la vida electoral. En Brasil, ya hace tiempo que Lava Jato es el único tema de conversación, y en las próximas semanas la exclusión del ex presidente Lula, condenado a 12 años de prisión, estará en el centro del debate.  

Pero existe una cuestión más de fondo que dificulta un debate más serio sobre el modelo de desarrollo. En el debate político, América Latina carece en estos momentos de un paradigma de desarrollo sobre el cual centrar la discusión. En la década de 1990, el modelo neoliberal monopolizó la conversación y la gran mayoría de países lo abrazó sin rechistar. Con el neoliberalismo en crisis tras la media década perdida entre 1997 y el 2002, desembarcaron por un lado el paradigma posneoliberal en los países de la izquierda moderada como Brasil, Uruguay y Chile, y por el otro un modelo más Estado-céntrico en países del eje bolivariano como Venezuela, Ecuador y Bolivia. La corrupción de Lava Jato puso serios límites al paradigma posneoliberal, mientras el modelo bolivariano explosionó desde adentro. Sin embargo, al margen de la corrupción, el modelo posneoliberal que buscaba combinar la reducción de las desigualdades desde el Estado con el vigor del mercado ofrecía elementos serios para una discusión. Ahora que la región empieza a salir del letargo de los últimos tres años, no parece existir voluntad política para retomar la conversación. 

En ese contexto, el chavismo ha anunciado elecciones para abril en Venezuela. Pocos, sin embargo, confían que vayan a ser elecciones limpias dado el control que el régimen aún ejerce sobre la autoridad electoral. Con Venezuela en llamas, América Latina es incapaz de hacer una defensa cerrada de la democracia liberal en el marco de las instituciones supranacionales de la región –en la OEA, por ejemplo, el fracaso ha sido rotundo–. En eso se refleja también la ausencia de un paradigma inequívoco, en este caso no tanto sobre el modelo de desarrollo sino sobre el político. Al liberalismo político le faltan defensores más comprometidos en los gobiernos del continente. 

En los tiempos que se avecinan, es difícil imaginar un renovado debate sobre el modelo de desarrollo en la región. Brazil, México, Colombia y Venezuela representan el 68% del PBI y el 65% de la población de América Latina y el Caribe. Sin uno de los grandes países liderando el debate, es difícil imaginar una discusión más amplia. En Argentina, la otra potencia regional, el macrismo está enfocado en reducir la inflación y retomar el crecimiento, y aún no encuentra una fórmula políticamente atractiva y que pueda ser exportada. Por ahora, las elecciones seguirán limitadas a las particularidades muy concretas de cada país.

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