La sombra de Jeffrey Epstein continúa causando estragos allí donde se proyecta. En Estados Unidos ha destruido reputaciones y provocado investigaciones en el Congreso; en Gran Bretaña, la publicación de correos electrónicos entre el pedófilo condenado y contactos influyentes se cierne como una nube tóxica sobre la élite política y empresarial, e incluso sobre la familia real. El daño reputacional es profundo y plantea dudas sobre el juicio y la rendición de cuentas de las clases gobernantes.
La posición global británica no descansa solo en alianzas o mercados, sino en la estabilidad de sus instituciones. La monarquía, el Parlamento, la función pública y la ciudad de Londres han proyectado durante décadas una imagen basada en el respeto a la ley, estabilidad y normas compartidas. Esa marca ya se había visto debilitada por el Brexit, los escándalos políticos y los errores económicos. Las recientes revelaciones, con nombres británicos nuevamente vinculados a Epstein, amenazan con acelerar ese deterioro.
No se trata únicamente de la cercanía a crímenes sexuales atroces, sino del abuso de poder. Epstein cultivó relaciones que le otorgaban legitimidad social y política. Cuando figuras situadas en la cúspide de la vida pública aparecen asociadas a alguien sinónimo de explotación e impunidad, la credibilidad del sistema entero queda comprometida.
La dimensión política eleva la gravedad del asunto. El primer ministro Keir Starmer asumió el cargo en el 2024 prometiendo estándares éticos más estrictos. Su gobierno será evaluado no solo por sus políticas, sino por el escrutinio de sus altos nombramientos. En casos como el del exembajador británico en Washington, Peter Mandelson, que mantuvo contacto con Epstein tras su condena, la cuestión clave es si esa relación fue declarada y debidamente valorada. La respuesta importa mientras Starmer busca acuerdos comerciales con China y recuperar influencia en Europa. Al mismo tiempo, Starmer ha sido criticado por el presidente Donald Trump por su tibio respaldo al ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán. Su decisión de apoyar la guerra podría profundizar divisiones dentro del Partido Laborista, que depende del respaldo de votantes musulmanes proiraníes, poniendo a prueba su liderazgo.
La asociación de Andrew Mountbatten-Windsor con Epstein ya dañó a la monarquía. Aunque negó irregularidades y no fue condenado, se retiró de la vida pública. Cualquier nuevo avance legal intensificaría el escrutinio institucional. La fortaleza del sistema británico no radica en la ausencia de escándalos, sino en su capacidad para afrontarlos con transparencia y sanciones proporcionales.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.