La palabra ‘patria’ proviene del latín ‘pater’ y originalmente significaba “la tierra de los antepasados”. No hacía referencia necesariamente al Estado, sino al lugar donde estaban las raíces familiares y las costumbres. En Roma, respetar la patria era honrar la herencia recibida de los ancestros (mos maiorum), proteger la ciudad y transmitir ese legado a las siguientes generaciones. Desde su origen, la palabra ‘patria’ conecta el territorio con la memoria, por lo cual el sentimiento patriótico no depende exclusivamente del sitio donde nacimos, sino de los vínculos que construimos con la comunidad y la tierra que habitamos.
Cuando pensamos en la patria, casi siempre imaginamos un país. Sin embargo, si profundizamos en lo que significa, encontraremos raíces que nacen en el hogar, se fortalecen en el vecindario y encuentran su máxima expresión en la ciudad y los espacios que compartimos. Nadie ama un mapa o un conjunto de símbolos; ama los lugares donde construyó su vida, sus afectos y su identidad.
En estas Fiestas Patrias es importante comprender que lo que celebramos no se refiere únicamente a nuestro país, sino que se vincula con el conjunto de personas y lugares donde fuimos y somos felices. Esos espacios —los barrios, las plazas, los parques y las calles— son el escenario cotidiano donde el patriotismo deja de ser una abstracción y se convierte en una práctica de cuidado, respeto y construcción colectiva.
Si aceptamos que el sentimiento de patria nace del vínculo entre las personas y el territorio que habitan, entonces resulta inevitable preguntarnos: ¿cómo amar un país cuando los espacios cotidianos nos expulsan o nos ponen en riesgo? Algo tan natural como caminar por la calle o descansar en un parque es casi impensable en las principales ciudades del Perú, sobre todo en Lima Metropolitana, donde la delincuencia, el deterioro de los espacios públicos y el predominio del automóvil nos empuja a refugiarnos en lugares privados como los centros comerciales.
El problema, sin embargo, no se limita a la escasez de espacios públicos adecuados. También alcanza al lugar más íntimo de nuestra vida: el hogar. ¿Cómo desarrollar un sentido de pertenencia cuando nuestras viviendas son precarias e inseguras? Los barrios informales han sido construidos con enorme esfuerzo, pero por sus limitaciones estructurales terminan convirtiéndose en trampas para miles de familias ante siniestros o eventos naturales.
Sin espacios públicos accesibles, seguros y equipados, y sin viviendas adecuadas es muy difícil desarrollar sentimientos colectivos que nos permitan construir y fortalecer nuestra identidad y sentido de pertenencia; y sin ello es complejo pretender trabajar temas importantes como el respeto a lo público, a nuestra memoria histórica y a las normas de convivencia. Esto se evidencia, por ejemplo, en el lamentable estado de la mayoría de los sitios arqueológicos: descuidados, saqueados e invadidos. Pero lo que muchas personas no advierten es que esos lugares son la conexión más directa con sus antepasados.
¿Qué pasaría si las huacas, los canales ancestrales y las zonas monumentales se convirtieran en la conexión de la sociedad con su memoria? Entonces, recuperar y promocionar nuestro pasado no sería solo un tema de arqueología o turismo, sino que se convertiría en la mejor forma de reconocer nuestra diversidad y fortalecer el sentido de comunidad y pertenencia.
Invito a nuestras autoridades nacionales y subnacionales a repensar el sentido de lo público como el germen de lo colectivo y a la patria como el hogar común en el que todos debemos sentirnos incluidos, seguros y felices. Porque la mejor manera de honrar la tierra que heredamos es contribuir a la construcción de ciudades más justas, humanas y sostenibles, donde nuestros hijos puedan proyectar su futuro y construir sus propios recuerdos, sin perder el vínculo con sus ancestros. Ese sería, quizás, el más auténtico acto de patriotismo hacia las próximas generaciones.
¡Felices Fiestas Patrias!