En el tránsito a la modernidad, se fueron construyendo instituciones especializadas en la protección y defensa de las poblaciones más vulnerables, especialmente los niños y adolescentes. Primero, fue la familia, que brindaba un entorno de protección; segundo, la escuela, que nos introducía a la sociedad; tercero, la vecindad, que nos ponía en contacto con extraños; y finalmente, la iglesia o la parroquia, que nos acercaba a otro tipo de comunidad, una de fe. Sin embargo, cada uno de estos medios dejó de cumplir sus funciones o se ha debilitado seriamente.
Sendos estudios muestran que la mayoría de las agresiones sexuales ocurre en el entorno íntimo del niño o adolescente. No hay una sola respuesta para entender esta triste evolución, pero significa una pérdida importante para la sociedad. Justo pensaba en eso, a la luz de lo ocurrido en el Liceo Naval y al reencontrarme con la promoción de mi colegio.
Hasta hace poco, evitaba ir a las reuniones con ellos. Principalmente por prejuicio. Pensaba que no tenía sentido reunirme con gente que solo había conocido tres años de mi vida y que no volví a ver por 20 años. Solo podríamos compartir anécdotas añejas, pues no sabían nada de mi vida. Pero el sábado fui a un almuerzo con 40 compañeros y resultó muy diferente.
“Paso a recio escuadrón” corresponde a una estrofa de mi himno escolar (Colegio de la Inmaculada, promoción Claver, 1969). Pensé qué poco recios éramos a los 70 años, pero estaba equivocado. Al conversar con ellos, me asombré de su fortaleza y resiliencia. No hablamos del pasado en el colegio, sino de cómo habían enfrentado una vida de retos enormes.
Recios, quienes resistieron y aún lloran la muerte temprana o la enfermedad prematura de un hijo o una pareja. Recios que sobrevivieron a la quiebra, los negocios fallidos, los amigos traicioneros y las confianzas pisoteadas. Recios por ser parte de una generación que afrontó los embates de Alan García, Abimael Guzmán y 40 años de inestabilidad política.
El escuadrón había respondido al dilema de Hamlet. “Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la ultrajante fortuna o tomar las armas contra un mar de aflicciones, y haciéndoles frente acabar con ellas?”. Por ello, me resulta muy difícil identificarme con lo sucedido en el Liceo Naval y con promociones escolares tan poco solidarias y empáticas. En mi promoción, había problemas. Había abusivos, pero al final existió más solidaridad que indiferencia y violencia.
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