En este proceso electoral hay un candidato presidencial que reúne una larga lista de cuestionamientos y decisiones que se han movido al ritmo de su conveniencia: Roberto Sánchez. El postulante de Juntos por el Perú ha promovido la minería ilegal e informal, y arrastra graves investigaciones fiscales. Además, su campaña intenta aprovecharse del capital político de Pedro Castillo para ganar votos. Sin embargo, fue de los primeros ministros en desmarcarse del intento de golpe del exmandatario y, a la vez, se abstuvo en la votación de la vacancia de Castillo en el Congreso.
Como parlamentario, Sánchez ha suscrito –como autor o coautor– por lo menos una decena de proyectos que favorecen a la minería informal e ilegal. Las iniciativas incluyen la extensión del Reinfo, la flexibilización de exigencias regulatorias y la reducción de herramientas legales para combatir a la minería ilegal.
Sus problemas legales tampoco son menores, ya que tiene varias indagaciones. La Fiscalía Especializada en Delitos de Corrupción lo investiga por un caso que data del 2020 e incluye presuntos delitos de concusión, colusión con perjuicio al Estado, cohecho pasivo impropio y peculado. Aparte, arrastra una denuncia del 2020 por fraude en la administración de personas jurídicas, registrada ante la Séptima Fiscalía Provincial Penal. En esa carpeta, Sánchez fue acusado con su hermano, William Sánchez Palomino, por desviar fondos del partido. Otro proceso judicial más avanzado y peligroso para su libertad es la acusación por el delito de rebelión, que está en etapa preparatoria formalizada por la Segunda Fiscalía Suprema en Delitos Cometidos por Funcionarios Públicos.
En lo político, su foja de servicios no es menos preocupante. Para empezar, el exgobernador de Lambayeque Yehude Simon lo acusa de haberle “robado” el partido Juntos por el Perú, cuando él pidió licencia para lidiar con las denuncias de haber recibido dinero de Odebrecht. “Uno no sabe si es de izquierda, de derecha, de centro o es él mismo”, dice Simon. “Se sabe mimetizar en función de con quién conversa; o sea, en función del poder”, agrega.
Y es ahí donde radica la faceta más inquietante de Sánchez. Antes de la campaña, tuvo un acercamiento con Antauro Humala. Descartada una posible alianza, cambió de acera. Como se sabe, en esta campaña ha procurado convertirse en el heredero de Castillo. Se viste como él –sombrero incluido–, reivindica su discurso de confrontación y clama contra la sentencia que lo condenó por el golpe. No obstante, como ya se mencionó, cuando le tocó votar la vacancia en el Legislativo no lo hizo en contra: se abstuvo. “No puedo, por principios democráticos, estar de acuerdo con esa decisión”, había dicho horas antes al renunciar como titular de Comercio Exterior y Turismo. Hoy, al ver un bolsón de votos asociado a Castillo que podría beneficiarlo, imposta una identidad distinta. Algunos podrían definirlo como un oportunista, pero en verdad esa caracterización se queda corta.