Notas contratadasNew York, 1981 (La historia secreta de una elección en Naciones Unidas)
Durante el liderazgo de Javier Pérez de Cuéllar en Naciones Unidas, las Fuerzas de Mantenimiento de la Paz de la organización recibieron el Premio Nobel por su contribución al sostenimiento de la paz en zonas de conflicto.

Diplomático peruano

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

En estos meses en que se viene debatiendo internacionalmente sobre la elección del próximo secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y cuando se piensa que en esta ocasión sería conveniente que el cargo sea detentado por una mujer, o que el posiblemente elegido o elegida tenga un origen latinoamericano o caribeño, me viene a la memoria el proceso del que fui parte hace 45 años, en 1981 en New York, y que culminó con la elección del embajador peruano Javier Pérez de Cuéllar, como el primer latinoamericano en alcanzar esa alta responsabilidad.
En estos meses en que se viene debatiendo internacionalmente sobre la elección del próximo secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y cuando se piensa que en esta ocasión sería conveniente que el cargo sea detentado por una mujer, o que el posiblemente elegido o elegida tenga un origen latinoamericano o caribeño, me viene a la memoria el proceso del que fui parte hace 45 años, en 1981 en New York, y que culminó con la elección del embajador peruano Javier Pérez de Cuéllar, como el primer latinoamericano en alcanzar esa alta responsabilidad.
En 1980, después de trabajar en el gabinete del canciller del Perú, embajador Carlos García Bedoya, tuve la suerte de ser designado por Torre Tagle como tercer secretario de la Representación Permanente ante las Naciones Unidas en New York. Y hacia allí partí, con 24 años, esposa y un hijo de pocos meses. El trabajo era apasionante, sobre todo porque me permitía que, a pesar de ser el último en la jerarquía de la Misión, pudiese tener la responsabilidad de participar directamente en la negociación de algunas materias relativas a la Segunda Comisión de la Asamblea General, la de Asuntos Económicos.
En aquel momento la Secretaría General Adjunta para Asuntos Políticos de las Naciones Unidas estaba a cargo del embajador Pérez de Cuéllar, quien anteriormente, entre 1975 y 1977, ya se había desempeñado como funcionario internacional, actuando como Representante Especial del secretario general de la ONU en Chipre. Ello después de haber rechazado el cargo de director ejecutivo del Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas que el secretario general de Naciones Unidas le había ofrecido. [1]

Pérez de Cuéllar había llegado a formar parte de los altos cargos de Naciones Unidas en base al prestigio ganado por su desempeño como embajador del Perú ante la organización entre 1971 y 1975. Tuvo ocasión del presidir en dos oportunidades el Consejo de Seguridad. La más importante fue en julio de 1974, coincidiendo con la crisis de Chipre que culminó con el golpe de estado contra el presidente Makarios y la intervención militar de Turquía en la isla.
1. Una candidatura peruana empieza a tomar forma
Para inicios de 1981, Torre Tagle venía vislumbrando la posibilidad de presentar la candidatura de Pérez de Cuéllar como secretario general de la ONU. No obstante, en aquel momento existían dos candidaturas fuertes ya oficializadas por parte de Austria y Tanzania. Ellas eran, de un lado, la de Kurt Waldheim, quien iba a concluir su segundo mandato como secretario general y aspiraba -inéditamente- a reelegirse para un tercer período, y, del otro, Salim Ahmed Salim, canciller de Tanzania, quien una década antes se había desempeñado como Representante Permanente de su país ante las Naciones Unidas. Él contaba con el endoso del Grupo Africano y de los países del Tercer Mundo.
En aquel momento el gobierno del Perú, presidido por segunda vez por el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le propuso al embajador Pérez de Cuéllar que se reincorporase al Servicio Diplomático peruano, con el ofrecimiento de designarlo como jefe de Misión del Perú en el Brasil. El encargo le resultaba interesante mientras se definía la situación de su candidatura en New York, particularmente porque, siendo un joven primer secretario, había servido en la entonces embajada peruana en Río de Janeiro. Al mismo tiempo su salida de la organización lo alejaba del mandato de Waldheim, de quien eventualmente podría terminar siendo competidor.
Pérez de Cuéllar accedió a la propuesta, dejó la responsabilidad en Naciones Unidas y viajó al Perú para asumir el cargo ofrecido por el presidente Belaunde.
Recuerdo claramente la noche en que partió de New York, ya que me pidió que lo ayudara en su traslado al aeropuerto junto a su esposa Marcela Temple, tarea que en mi enorme y vieja station wagon Chevrolet verde acometimos con mis colegas, el entonces el ministro consejero José Urrutia y el tercer secretario Vicente Rojas.
Su jefatura de misión en el Brasil fue aprobada por la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, que presidía Oscar Trelles. Incluso, durante una visita al Perú del presidente del Brasil, João Baptista Figueredo, fue presentado por el presidente Belaunde como el futuro embajador del Perú en Brasil.
En función de la Constitución de 1979, las disposiciones peruanas de aquel momento contemplaban que los embajadores designados por el Poder Ejecutivo, antes de asumir sus puestos en el exterior, debían ser ratificados por el Senado. Por ello, el embajador Pérez de Cuéllar debía pasar por ese proceso para hacerse cargo de la jefatura de misión en el Brasil.
Antes que su nombre se sometiera al Senado del Perú, el gobierno decidió nombrar un Embajador en Misión Especial a New York, a fin de coordinar una futura posible candidatura peruana a la Secretaría General de la organización.
La persona designada fue el embajador Celso Pastor de la Torre, cuñado del presidente Belaunde. El embajador Pastor era un personaje muy especial: alto, de cabello entrecano y fino bigote recortado, desbordante de cortesía y amabilidad, y con la apostura y elegancia de un lord inglés. Sus amigos cariñosamente le habían puesto el sobrenombre de “Cuellazo”, por los anchos cuellos que lucía en sus camisas de confección británica. Fue una persona de mucha simpatía que inmediatamente se ganó el afecto de todo el personal de la Representación peruana en New York.

2. Un revés inesperado en Lima
El 7 de octubre de 1981, poco después de la llegada del embajador Pastor a New York, se produjo en el Perú un hecho que nos afectó y creíamos podía poner en cuestión la viabilidad de la eventual candidatura de Pérez de Cuéllar. Cuando su nombre fue sometido al Senado como embajador del Perú en el Brasil, inesperadamente recibió un rechazo, incluso con el voto negativo de varios senadores del mismo partido de gobierno del presidente Belaunde, quien lo había propuesto. De los 60 senadores que integraban la Cámara, 26 eran del partido de gobierno, Acción Popular. Asistieron a la votación 42 senadores, Pérez de Cuéllar recibió 23 balotas blancas y 19 negras. No había alcanzado el mínimo necesario de 31 votos a favor.
Se ha especulado incansablemente sobre cuál habría sido la causa del “baloteo” sufrido por Pérez de Cuéllar. Una versión señala que fue víctima de una pugna interna en el partido de gobierno, entre Javier Alva Orlandini, presidente del Senado, y Javier Arias Stella, secretario general del partido, quien se desempeñaba como Canciller.
Otra versión señala que se le estaba haciendo pagar el hecho que como secretario general de Relaciones Exteriores (lo que actualmente es viceministro de Relaciones Exteriores), en octubre de 1968, había sido el encargado de leer las resoluciones que nombraban al primer gabinete militar luego del golpe del general Juan Velasco Alvarado. Esta versión tendría poca credibilidad ya que el mismo presidente depuesto por Velasco, Fernando Belaunde, era quien en esta ocasión estaba proponiendo a Pérez de Cuellar como nuevo embajador peruano en el Brasil.
Finalmente está la versión sentimental que apunta a que el voto negativo fue producto de una maniobra de despecho femenino retrospectivo. El mismo Pérez de Cuéllar en sus Memorias [2] señala que se habría tratado de una maniobra cobarde, diseñada por un congresista de la mayoría gubernamental, para satisfacer mezquinos rencores personales. Pérez de Cuéllar solicitó de inmediato su pase a la situación de retiro.
El rechazo del Senado del Perú se constituía en un argumento que podría ser esgrimido en contra de la aspiración peruana en New York, aduciendo que difícilmente una candidatura de Pérez de Cuéllar a la Secretaría General de la ONU podía considerarse seria, si su propio gobierno no había sido capaz de aprobarlo como embajador en Brasil.
A pesar del difícil entorno, con el inicio de la 36ta Asamblea General en setiembre de 1981, se aceleró el proceso para elegir al nuevo secretario general y por ende las campañas para promover a los distintos candidatos.
El artículo 97 de la Carta de Naciones Unidas establece que el secretario general será nombrado por la Asamblea General a propuesta del Consejo de Seguridad. Esta disposición se ha aplicado de modo que el candidato o candidata propuesto por el Consejo de Seguridad es nombrado por la Asamblea de manera prácticamente automática. Para lograr la propuesta del Consejo, que está integrado por 15 países, es necesario que el candidato obtenga por lo menos 9 votos a favor, y que no tenga ningún voto en contra (veto) de alguno de los cinco miembros permanentes del Consejo: los Estados Unidos, la Federación Rusa (en 1981, la Unión Soviética, URSS), Francia, el Reino Unido y la República Popular China. Ese año los otros integrantes no permanentes del Consejo de Seguridad eran España, México, Túnez, Irlanda, Uganda, Japón, Níger, Panamá, Filipinas y la República Democrática Alemana.
La situación se presentaba particularmente compleja ya que cuatro de los miembros permanentes, Estados Unidos, la URSS, Francia y el Reino Unido estaban de acuerdo en que Waldheim continuase por un tercer período. China, por otro lado, había adoptado una resuelta posición, en el sentido que el nuevo secretario general debía provenir del Tercer Mundo. En base al consenso de los países en desarrollo, China apoyaba la candidatura de Salim Salim. El apoyo del país asiático al candidato tanzano se explicaba también por su desempeño como Representante de su país en New York diez años antes, cuando había liderado la exitosa campaña para retirar a Taiwán de la ONU, con el objeto de que su lugar fuera asumido por la República Popular China. Incluso se recordaba que cuando se aprobó la resolución de retiro de Taiwán, Salim había saltado de alegría [3] en la sala de la Asamblea General.
Años después también se develó una razón por la que especialmente los Estados Unidos y la URSS habrían deseado mantener a Waldheim como secretario general de la ONU. Aparentemente ambos países, así como el Reino Unido, contaban con información confidencial sobre la posible participación de Waldheim, durante la década de los 30, en las Juventudes Hitlerianas y en el cuerpo motorizado de las Sturmabteilung (SA, tropas de asalto), así como su desempeño como oficial de la Wehrmacht alemana a lo largo de la Segunda Guerra Mundial.
Existía un amplio dossier sobre el rol del austriaco, especialmente como oficial de inteligencia en Yugoslavia, particularmente en Kozara, Bosnia, durante la captura y deportación de partisanos. Asimismo, en Tesalónica, Grecia, en 1943, donde como integrante del Estado Mayor del ejército alemán habría tenido información sobre el envío de ciudadanos judíos griegos a campos de concentración. El conocimiento de ese dossier les habría permitido a ciertos miembros permanentes del Consejo de Seguridad tener un nivel de influencia importante sobre el líder de la organización.
3. El Consejo de Seguridad busca consensos
La elección del nuevo secretario general se desarrolló a lo largo de los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1981. El Consejo de Seguridad fue presidido en cada uno de esos tres meses por España, Túnez y Uganda, respectivamente.
A inicios de octubre, el embajador Pastor empezó una serie de entrevistas personales con los diferentes representantes permanentes de los países integrantes del Consejo de Seguridad para compulsar la viabilidad de la candidatura del Perú en el caso que no prosperase la elección de algunos de los candidatos ya formalizados, Waldheim y Salim Salim.
De las entrevistas con España, Francia, China y los Estados Unidos, el embajador Pastor concluyó que, si bien la persona de Pérez de Cuéllar concitaba gran respeto, el Consejo centraría sus esfuerzos en lograr consenso en torno a la propuesta de uno de los dos candidatos ya mencionados, y que únicamente si ese esfuerzo no producía resultados, eventualmente podría considerar la posibilidad de recibir nuevas candidaturas.
Es así como el 27 de octubre, bajo la presidencia del embajador de España, Jaime de Piniés, el Consejo se reunió y sometió a votación individualmente las dos candidaturas presentadas. Se llevaron adelante cuatro rondas de votación individual en torno a cada candidato. En cada oportunidad, Waldheim recibió 10, 10, 11 y 11 votos a favor, pero también recibió un veto en cada ronda. Salim Salim, por su parte, logró 11, 10, 8 y 6 votos a favor, pero también con un veto en cada una.
Al día siguiente el Consejo volvió a reunirse. En esta ocasión llevaron adelante dos rondas de votación. Waldheim en cada una de ellas recibió 11 votos a favor, 3 en contra y 1 veto. Por su parte Salim Salim obtuvo en la primera ronda 8 votos a favor, 6 abstenciones y 1 veto, y en la segunda vuelta fueron 8 a favor, 1 en contra, 1 veto y 5 abstenciones. Quedó así en evidencia que ambos candidatos enfrentaban un veto que imposibilitaba su elección. En el caso de Salim Salim probablemente los Estados Unidos vetaban su designación, mientras que a Waldheim era China la que no lo aceptaba. Se iniciaba así lo que se dio en llamar un deadlock (bloqueo).
Ante lo evidente después de las rondas de votación, el Canciller del Perú decidió comunicar a los cancilleres de los países integrantes del Consejo que el gobierno peruano “…había puesto a disposición del Consejo el nombre del distinguido diplomático peruano, con la recomendación que fuese considerado para el caso que, en las votaciones sucesivas, no se pudiese alcanzar la elección de uno de los dos nombres propuestos hasta ese momento.”[4]
Esa recomendación respondía también al deseo del embajador Pérez de Cuéllar de que su aspiración no fuese considerada como un escollo para la eventual elección de uno de los candidatos presentados, especialmente la de su exjefe, Kurt Waldheim.
El 29 de octubre, el embajador Pastor se entrevistó con el Representante soviético, Oleg Troyanovsky. Fue una conversación difícil en la que se le increpó sobre la posición del Perú, contraria a la soviética, respecto a materias como las armas químicas en Afganistán o el Comité Ad Hoc sobre Kampuchea (Camboya). Por su parte, el embajador peruano contraargumentó mencionando los vínculos de la URSS con el Perú en equipamiento militar y el papel del embajador Pérez de Cuéllar como primer representante peruano en la URSS. La gestión en New York fue complementada por una similar del embajador peruano en Washington, Fernando Schwalb, con su contraparte soviética en esa ciudad, Anatole Dobrynin.
Personalmente tengo una memoria muy vívida de la entrevista del embajador Pastor con el soviético. Ese día me encontraba de turno en el cifrado de las comunicaciones secretas a Lima, operación que se realizaba a través de las máquinas CX 52 de la fábrica suiza Crypto AG Hagelin. El sistema implicaba que había que cifrar letra por letra el mensaje, con el movimiento de una manivela derecha por cada letra. El reporte de la reunión con Troyanovsky tenía por lo menos seis o siete páginas. Me tomó hasta las 3 o 4 de la madrugada concluir el cifrado para enviar la información a Lima. Terminé detestando la palabra “ulteriormente”, muy del gusto del embajador Pastor, quien jamás pudo entender la razón por la que los secretarios le pedíamos encarecidamente usar un texto conciso para los mensajes secretos. Anecdóticamente, cabe recordar que muchos años después se dio a conocer que la fábrica Crypto AG era una fachada por la cual la CIA y el BND alemán tenían intervenidos los sistemas de comunicación cifrada de muchos países (“Operación Rubikon”), entre ellos prácticamente todos los latinoamericanos [5].

El mes de noviembre de 1981 se inició con la presidencia de Túnez en el Consejo de Seguridad. Su embajador era Taieb Slim. Desde un inicio el presidente del Consejo no se mostró favorable a promover el retiro de los candidatos que ya habían venido recibiendo de manera consistente un veto.
En ese temperamento, dio principio a su presidencia llevando adelante dos nuevas rondas de votación el 4 de noviembre. En ambas oportunidades Waldheim obtuvo 10 votos de apoyo, 4 en contra -entre ellos 1 veto- y 1 abstención. En la primera ronda Salim Salim logró 9 votos a favor, 2 en contra -con 1 veto- y 4 abstenciones. En la segunda ronda consiguió 8 votos a favor, 3 en contra -con 1 veto- y 4 abstenciones.
Ante estos resultados, el presidente del Consejo sondeó la posibilidad de dejar de lado temporalmente a los dos principales aspirantes, para considerar tentativamente otras opciones. Esta aproximación no fue aceptada cuando ya empezaban a circular otros nombres, además del de Pérez de Cuéllar, como posibles fórmulas de transacción. Entre esos nuevos nombres estaba el de Olof Palme, quien posteriormente sería primer ministro de Suecia; Saddrudin Aga Khan de Jordania, ex Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados; Carlos Ortíz de Rosas de Argentina, un prestigioso embajador cuyo nombre ya había aparecido como una opción posible diez años antes, en el momento que se había elegido a Waldheim. También se mencionaba al embajador Jorge Illueca, ex representante de Panamá en la ONU, y en ese momento canciller de su país. Otro nombre que circulaba era el de Sir Siddrath Ramphal, de Guyana, secretario general de la Commonwealth británica.
Pero quedó claro que la consideración de estos nombres sólo era posible si se producía el retiro absoluto de Salim Salim y Waldheim, cosa que especialmente este último no estaba dispuesto a aceptar, ya que consideraba que la posición de China vetándolo sería sólo temporal, y que, con algunas nuevas rondas de votación, la posibilidad del candidato tanzano se continuaría diluyendo, hasta que finalmente China accediera a retirar su veto.
Esta aproximación fue aceptada por el embajador tunecino Slim, quien nuevamente el 17 de noviembre procedió a realizar una maratón de ocho rondas de votación entre los dos candidatos en contienda. Waldheim obtuvo entre 11 y 9 votos a favor en cada una de estas rondas, pero el veto chino continuó inconmovible. Por su parte, Salim Salim obtuvo entre 10 y 8 votos favorables, pero también con un veto permanente. Para ese momento ya se habían realizado 16 rondas de votación entre ambos candidatos, sin haber podido alcanzar un consenso en torno a ninguno de los dos.
Ante esa situación, el embajador Slim pretendió realizar nuevas rondas de votación con todos los aspirantes cuyos nombres venían circulando, sin retirar a Waldheim o Salim, independientemente de si los nuevos aspirantes o sus países hubiesen manifestado su aceptación a ser parte del proceso en ese momento.
Slim comunicó su iniciativa a los embajadores de Argentina, Panamá, Jordania, Guyana y el Perú. La mayoría señaló que debían consultar con sus respectivas cancillerías, antes de proceder a nuevas rondas en las que apareciesen todos los aspirantes sin que se produjera el retiro de Waldheim y Salim.
El embajador Pastor, junto con quien venía actuado como coordinador de la campaña en la Representación peruana, el entonces ministro consejero Hernán Couturier, llevaron adelante consultas con los diversos países que aspiraban a presentar candidatos y con los miembros del Consejo de Seguridad. Se llegó a la conclusión que la maniobra del embajador Slim bien podría ser una argucia para que todos los nuevos aspirantes fuesen vetados, dejando la cancha libre para retornar a las dos preferencias iniciales. Consecuentemente, todos los países que tenían aspiraciones alternativas expresaron a Slim su denegatoria a que sus candidatos fuesen considerados sin el retiro previo de los dos candidatos de Austria y Tanzania.
A pesar de que el embajador Slim trató de maquinar algunas otras ideas para romper el impasse existente, su mandato concluyó a fin de noviembre sin que hubiese sido posible ver una salida al entrampamiento en que se encontraba el proceso para elegir al nuevo secretario general de la ONU.
4. Se abre el camino para Pérez de Cuéllar
Diciembre comenzó con la presidencia del Consejo de Seguridad de Uganda, en la persona de su representante permanente, el embajador Olara Otunnu, joven diplomático de solo 31 años, quien tenía una sólida preparación académica y una gran capacidad de iniciativa e innovación. Es notable que, en 2026, con 75 años de edad, Otunnu haya puesto a disposición su nombre como candidato a la Secretaría General de la ONU.
El 3 de diciembre se estrenó la presidencia ugandesa cuando Waldheim comunicó su decisión de retirar su nombre de futuras rondas de votación. Inicialmente no hubo reacción de Salim Salim ante este pronunciamiento. Entre tanto el embajador Pastor aceleró sus contactos a todo nivel, multiplicándose en sus entrevistas, a fin de generar atención respecto a la inminente candidatura peruana.
Diariamente en la Representación del Perú, al final de la tarde, teníamos reuniones de coordinación en la oficina del ministro consejero Hernán Couturier, donde todos en el equipo discutíamos las acciones a adoptar y formulábamos observaciones sobre cómo afinar la estrategia peruana. A menudo recibíamos la visita de Emilio Olivares, funcionario peruano en la ONU quien trabajaba cerca de Kurt Waldheim; él nos informaba de los rumores, versiones o posiciones que se cocinaban al interior de la organización.
Finalmente, el 8 de diciembre -durante una conferencia de prensa- Salim Salim anunció su decisión de no incluir su nombre en las subsecuentes rondas de votación. De inmediato el embajador de Uganda indicó que a partir de ese día se abría un período de 48 horas para que todos los países interesados en presentar un candidato lo comunicasen oficialmente. Ese mismo día, el Perú presentó una nota diplomática con la autorización para incluir el nombre del embajador Javier Pérez de Cuéllar en las siguientes votaciones y distribuyó a la prensa una hoja de vida del embajador peruano.
Luego de la presentación del aspirante del Perú, países como Argentina, Jordania, Panamá y Guayana adelantaron sus respectivos candidatos. El Congreso del Ecuador propuso que se presentase la candidatura del expresidente Carlos Julio Arosemena; también el filipino Rafael Salas, director del Fondo de Población, manifestó su interés. Entonces se produjo un hecho peculiar: como había venido circulando informalmente el nombre del guyanés S. Ramphal, el embajador de Mauricio, R. K. Ramphul, creyó que los rumores se referían a él mismo, y puso también su nombre a disposición.
El presidente del Consejo de Seguridad, Olara Ottunu, introdujo una innovación en el proceso de elección con el diseño de un sistema para que los miembros del Consejo se expresaran informalmente sobre cada uno de los aspirantes, sin que se tuviese que llegar a votaciones formales. Se trataba del ahora ampliamente popular “straw poll” (encuesta informal o votación exploratoria). A través de ese sistema, el Consejo podría informalmente saber qué candidato tenía veto y cuál era viable para ser elegido finalmente como secretario general.

5. El histórico 11 de diciembre de 1981
En la mañana del 11 de diciembre, en una comunicación telefónica, Otunnu le informó al embajador Pastor que en una votación exploratoria informal Pérez de Cuéllar había obtenido 8 votos a favor y, lo que era esencial, ningún veto. Posteriormente se supo que Ortiz de Rosas de Argentina había obtenido 7 votos a favor, pero 2 vetos; Saddrudin Aga Khan había conseguido 11 votos a favor, pero fue vetado por la URSS. El canciller Illueca de Panamá y Siddrath Ramphal de Guyana obtuvieron un número menor de votos y ambos recibieron vetos. El contexto se presentaba muy auspicioso, ya que el candidato peruano era el único en torno al cual los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad tenían consenso en que podía ser propuesto para asumir la Secretaría General de las Naciones Unidas.
El mismo día y hora en que tenían lugar las votaciones en el Consejo de Seguridad, me encontraba en el sótano de Naciones Unidas en una votación de la Segunda Comisión. Allí debíamos decidir sobre una resolución, si mal no recuerdo, respecto a la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Nuestra posición difería de la URSS sobre alguna interpretación de la resolución, pero los funcionarios peruanos que nos encontrábamos allí, la entonces consejera Luzmila Zanabria, mi jefa, y el otro tercer secretario de la Misión, Vicente Rojas, estábamos extremadamente nerviosos. Temíamos que si nuestra posición era percibida como muy opuesta a la de la URSS pudiéramos estar poniendo en peligro el resultado de la votación que estaba teniendo lugar sobre nuestras cabezas en el Consejo de Seguridad.
Finalmente, con el ánimo de que no se malinterpretase la posición del Perú, fui encargado de ir a dar a conocer el detalle de nuestro punto de vista a los soviéticos. Me acerqué al sitio de la URSS y con mi mejor elocuencia traté de explicar nuestra posición a un primer secretario soviético que me miraba con cara de pocos amigos. Cuando concluí, el colega me miró con ceño adusto y sólo me contestó secamente: “So what?” (¿Y qué?), con lo que regresé cabizbajo al lugar del Perú, sólo medio convencido que estábamos exagerando en nuestra aprehensión. El colega soviético de cara seria era el actual (y desde hace 22 años) ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa, Sergei Lavrov.
El mismo 11 de diciembre de 1981, a inicios de la tarde, el Consejo de Seguridad procedió a realizar una nueva ronda de votación formal. Previamente habían retirado sus nombres de la contienda el canciller de Panamá y el secretario general de la Commonwealth. No obstante, la votación formal se llevó a cabo únicamente sobre el candidato que en el “straw poll” había mostrado que no recibiría vetos: Javier Pérez de Cuéllar. Es así como se procedió a emitir los votos, con el resultado siguiente: 10 votos a favor, 4 abstenciones y 1 voto en contra.
Mucho especulamos sobre qué país había votado en contra. Suponíamos que pudo haber sido México, pero muchos años después, en una conversación personal con el embajador Pérez de Cuéllar en New York, él me confió que ese voto provino del embajador Slim de Túnez; quizá motivado por el hecho que él no pudo ser el gran elector durante su presidencia del Consejo, o porque la candidatura de Pérez de Cuéllar había dejado sin opción a que África ejerciese por primera vez la Secretaría General.
Ese mismo viernes 11 de diciembre, el Consejo de Seguridad aprobó consensualmente la Resolución 494 en la que se señala que:
” Habiendo examinado la cuestión de la recomendación relativa al nombramiento del secretario general de las Naciones Unidas, Recomienda a la Asamblea General que nombre al Sr. Javier Pérez de Cuéllar secretario general de las Naciones Unidas por un período, del 1 de enero de 1982 al 31 de diciembre de 1986.”
Cuatro días después, el martes 15 de diciembre de 1981, la Asamblea General, en su 98° sesión plenaria, abordó el tema del nuevo secretario general de las Naciones Unidas. En esa sesión se aprobó por aclamación la Resolución 36/137 que señala:
“La Asamblea General, Actuando de conformidad con la recomendación contenida en la Resolución 494 (1981) del Consejo de Seguridad, de 11 de diciembre de 1981. Nombra al Sr. Javier Pérez de Cuéllar secretario general de las Naciones Unidas por un período que comenzará el 1° de enero de 1982 y terminará el 31 de diciembre de 1986.”

6. El legado de un diplomático peruano
El nuevo secretario general de la ONU juró su puesto el mismo día que se aprobó la resolución de la Asamblea General [6] . El embajador peruano serviría en ese puesto por dos períodos consecutivos, habiéndose renovado su mandato en 1986, para permanecer en esa responsabilidad hasta el 31 de diciembre de 1991.
Durante su mandato enfrentó crisis internacionales importantes. Con su excelente manejo diplomático fue capaz de negociar la salida de la Unión Soviética de Afganistán. Logró el cese de fuego en la sangrienta guerra entre Irán e Irak. Fue un gestor incansable en los esfuerzos para liberar rehenes occidentales en el Líbano. Pérez de Cuéllar culminó su mandato reestableciendo la paz en Centroamérica con la suscripción del acuerdo que puso fin al conflicto armado en El Salvador, el que fue firmado, con el reloj detenido, cuatro minutos después de la medianoche del 31 de diciembre de 1991, momento en que culminaba su mandato como secretario general de la organización. Durante su liderazgo en las Naciones Unidas, las Fuerzas de Mantenimiento de la Paz de la organización recibieron el Premio Nobel por su contribución al sostenimiento de la paz en zonas de conflicto.
Anecdóticamente cabe recordar que antes de concluir su mandato en 1991, el presidente de los Estados Unidos, George Bush, instó repetidamente al embajador Pérez de Cuéllar a que aceptara un tercer período como secretario general. Él declinó porque, como lo señala en sus Memorias, “…estaba convencido de que, como dice la Biblia, todo tiene su estación.”[7]
En el año 2009, el periódico británico “The Times” publicó un artículo titulado “¿Quién ha sido el mejor secretario general de las Naciones Unidas?”. Después de recorrer varias opciones, el artículo concluye que la respuesta correcta a esa pregunta, juzgando por los resultados, era Javier Pérez de Cuéllar, el peruano que había logrado que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad pudiesen trabajar coordinadamente tras bambalinas para lograr éxitos como la revitalización de las Fuerzas de Paz, la independencia de Namibia y la eliminación del apartheid o la cooperación en Naciones Unidas para conseguir la expulsión de Iraq de Kuwait.

28 años después de la elección de Pérez de Cuéllar fui designado como Representante Permanente del Perú ante las Naciones Unidas por el canciller José Antonio García Belaunde y el presidente Alan García. Esa responsabilidad me concedió el enorme orgullo de acoger en New York al ex secretario general en la residencia que él mismo había adquirido para el Estado peruano, cuando se desempeñó en ese puesto entre 1971 y 1975. Allí pude congregar al entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, de Corea del Sur, junto con el embajador Pérez de Cuéllar, en una cálida reunión que les permitió intercambiar experiencias y opiniones en torno al desempeño del cargo multilateral más importante y difícil del mundo.
Concluyo estos pequeños recuerdos expresando la esperanza que su esbozo despierte la curiosidad de los más jóvenes y les muestre la capacidad que tiene el Perú y sus hijos para asumir exitosamente retos importantes. Nuestro trabajo debe contribuir a que el país sea cada vez más cohesionado y justo, que nuestra tarea sea promover la integración, la solución pacífica de las controversias y el respeto al derecho internacional, para que logremos que el Perú sea una nación en la que todos nuestros ciudadanos tengan la potencialidad de cumplir sus sueños de prosperidad, en paz, unión y desarrollo.
Lima, agosto de 2026
Citas en el texto:
[1] Pérez de Cuéllar, Javier. “Peregrino por la Paz”, Ed. Aguilar. Lima, 1997, Pág. 39.
[2] Pérez de Cuéllar, Javier. “Memorias, Recuerdos Personales y Políticos”. Ed. Aguilar. Lima, abril 2012.
[3] www.youtube.com/watch?v=sfOIEjuXFyU
[4] Pastor de la Torre, Celso. “Cómo un peruano fue Elegido secretario general de las Naciones Unidas”. Gráfica Morsom. Mayo de 1987, pag. 34.
[5] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51549644
[6] https://youtu.be/o4tFHntIEa0?si=gQwmKQRhDf-pNX7x
[7] Pérez de Cuéllar, Op. Cit. Pág. 45.








