(Ilustración: Mónica González).
(Ilustración: Mónica González).
Mario Ghibellini

Periodista

Entre las preguntas que formulan los encuestadores en estos días previos a las municipales, sin duda la más difícil es: “¿Por qué candidato no votaría usted nunca?”. En el caso de , la restricción que plantea la demanda es inaceptable. ¿Por qué uno nomás? ¿Qué pasa si al encuestado le repele prácticamente el ramillete completo de aspirantes a suceder a Castañeda Lossio, como ocurre en esta pequeña columna? No decimos que no haya entre ellos dos o tres que por lo menos pueden hilvanar un par de ideas y cuya historia personal no se confunde con el concepto de ‘antecedentes’. Pero, vamos, en general el repertorio de improvisados, tunantes y charlatanes de escaso talento que nos ofrecerá esta vez la cédula de sufragio es como para clamar por la eutanasia antes de tener que entrar a la cámara secreta.

—El batacazo prometido—

¿Qué pretenden entonces los encuestadores? ¿Qué uno se pase los días escudriñando los planes de gobierno y las declaraciones de todos los postulantes al sillón municipal capitalino para ver cuál se lleva el premio del más plagiario y el más patán? De ninguna manera. La respuesta que podemos proporcionar a su interrogante tiene que ser genérica y abstracta, y ya ellos verán a quién le calza mejor la descripción de tanta miseria

Dicho esto, debemos hacer notar en primera instancia que el número de candidatos es por sí solo un dato inquietante. No pueden existir 20 personas que crean seriamente tener posibilidades de convertirse en el próximo alcalde de Lima. Aun cuando habiten en ese universo reñido con la realidad que se suelen construir en la mente los que apetecen el poder, por lo menos 15 de ellos necesariamente saben que no van a colocar ni siquiera un regidor en el concejo metropolitano. Pero ahí están, levantando pulgares y anunciando el batacazo que darán el 7 de octubre en las ánforas, para desazón de rivales y comentaristas agoreros… Y el batacazo desde luego llegará, pero haciéndolos conocer esa magia transformadora por la que quienes estaban dispuestos a dar a veces terminan recibiendo.

En el mejor de los casos, ellos quieren ser alcaldes como los niños quieren ser astronautas o bomberos. Es decir, la idea los entusiasma, pero no tienen la menor noción de lo que hace falta para lograrlo ni de lo que el ejercicio de la responsabilidad requiere.

En el peor de los casos, en cambio, postulan porque la notoriedad que les presta la candidatura les permitirá argüir que los procesos judiciales (y eventuales condenas) que enfrenten son una persecución política. O porque, ya que la alcaldía ha demostrado ser un negocio, se sienten llamados a heredarlo. O porque imaginan que es una forma de volver a los días felices en los que una frase entre trillada y zumbona bastaba para embaucar ‘accionistas’ o votantes. Una manera artificiosa de retroceder en el tiempo, como teñirse el pelo.

La circunstancia de que se los haya hecho debatir a todos, o casi todos, en dos eventos igualmente tumultuosos ha sido muy criticada por no permitir que se distinguieran los mensajes individuales. Pero, vista desde cierta perspectiva, puede haber sido un acierto, pues en el fondo componen todos, o casi todos, una sola, digamos, brigada de invotables ediles que intercambian sentencias hueras sobre cámaras de seguridad o señalización del tránsito a manera de santo y seña.

Si por casualidad descubre usted en estos días a uno que no se la sabe, vote por él.