

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

El camino árido y desértico al salir de la carretera central se iba poniendo cada vez más verde. La trocha se hacía más angosta y mi angustia iba creciendo. De pronto, un paisaje de postal: el río, las montañas, el cielo azul. Mi miedo desaparece. Me emociono al saber que pronto estaré escuchando banda en vivo y comiendo la palta más cremosa del mundo. De pronto, suena un claxon estridente y nuestra miniván retrocede a una preocupante velocidad. Tiene que pasar un volquete y solo hay espacio para uno en la curva. Me sudan las manos, mi miedo reaparece.
El camino árido y desértico al salir de la carretera central se iba poniendo cada vez más verde. La trocha se hacía más angosta y mi angustia iba creciendo. De pronto, un paisaje de postal: el río, las montañas, el cielo azul. Mi miedo desaparece. Me emociono al saber que pronto estaré escuchando banda en vivo y comiendo la palta más cremosa del mundo. De pronto, suena un claxon estridente y nuestra miniván retrocede a una preocupante velocidad. Tiene que pasar un volquete y solo hay espacio para uno en la curva. Me sudan las manos, mi miedo reaparece.
Así fue mi camino hacia el pueblo de Ámbar, provincia de Huaura, departamento de Lima. ¿Qué me trajo hasta aquí? La fe. No precisamente mi fe. La fe de un pueblo hacia su virgen milagrosa. La Virgen de la Asunción de Ámbar, a quien sus fieles llaman con cariño “Mamashona”.
Mi misión aquí no es turística. Mi relación con la Mamashona comenzó hace más de un año, cuando recibí el llamado de una de sus fieles, Pamela.
Al llegar, nos acomodamos en su casa. Nos asigna una cama y una poderosa “frazada de tigre”, la cual parece tener superpoderes ante la helada noche de la sierra. En esta aventura me acompaña Gaby, modista de mi equipo en Casa Morilo.
Durante meses, asumimos con honor y responsabilidad el diseñar y confeccionar el manto para la Virgen. Un pedido que al inicio me sorprendió, pero un reto que estaba dispuesta a aceptar. Mi experiencia diseñando para pueblos del Perú y fiestas patronales se había limitado hasta el momento a vestidos: Yanamito, un pueblo en Huaraz, en 2018, con una novia. Cajatambo, también en la sierra de Lima, en 2023 y 2024, para realizar los vestidos de sus tradicionales damas. Pero nunca había recibido un pedido tan particular como diseñar el manto de una virgen. La fe de Pamela se podía sentir desde la primera llamada que me hizo. Quería lo mejor para su Mamashona.
Entre los ambarinos se cuenta que la imagen original de la Virgen llegó desde España de la mano de religiosos franciscanos. Es una historia transmitida de generación en generación y que forma parte de la tradición alrededor de su patrona y protectora del pueblo.
Hay algo especial en conocer el Perú no turístico. La Virgen de la Asunción congrega a cientos de ambarinos que regresan desde distintas ciudades del Perú y del extranjero para participar en las novenas, misas y procesiones tradicionales. De alguna manera, nos pudimos mezclar con estas tradiciones y vivir unos días como lo harían los auténticos locales. Ámbar, que todos los agostos celebra el cumpleaños de su patrona, se pone sus mejores ropas y no escatima en ofrendas para ella. Una de esas ofrendas especiales es este manto que me encargaron.
La Virgen de la Asunción sale a saludar a su pueblo la noche inaugural de la fiesta (14 de agosto). Se asoma hacia la puerta de su iglesia, en donde la esperan la banda, los mariachis y fuegos artificiales de película. Luego, una pequeña procesión como primera salida, para dar paso al inicio de la fiesta.
El calientito -bebida alcohólica tradicional de las fiestas en la sierra- cambia mi temperatura corporal en tan solo dos sorbos. Nos entregamos al baile y al zapateo, sabiendo que en breve tendremos que cambiar a la Virgen, la misión principal del viaje. Luego de regresar a descansar unos minutos, recibimos la llamada. 2 a. m.: a abrigarnos, dejar la frazada de tigre y enrumbarnos hacia la iglesia.
Ser testigo del ritual de cambiar a la Virgen de manto es una de las cosas más impresionantes que me ha tocado vivir. No profeso la fe católica, pero la energía y la emoción de sus fieles es algo que llegó a emocionarme. Para cambiarla, a la Mamashona le hablan, la acarician. Es imposible no comprender la importancia de este momento. Piel de gallina. “Estás hermosa, Mamashona, ahora lúcete por las calles de Ámbar”, le susurra Pamela con devoción.
Para el manto de la Virgen, elegí colores vivos que destacaran entre las montañas de Ámbar: turquesa y fucsia, con detalles de pedrería bordados a mano. Sus “negritos”, los guardianes que lleva en cada mano, estrenan trajes a juego.
4:30 a. m.: ver el trabajo de meses, por fin luciéndose en la Virgen de la Asunción, nos da permiso de empezar a disfrutar. Misión cumplida.
Iniciamos el 15 de agosto, día central de la celebración, con un delicioso desayuno de pan chapla con queso y palta. La palta en el distrito de Ámbar es conocida por su calidad y cremosidad. Un deleite. A las 11 a. m. se ofrece la misa en honor a la Virgen, sigue la procesión y el día entero de celebraciones. En la procesión, el manto nos regala destellos bajo el potente sol. Nosotras nos dedicamos a comer. El almuerzo nos sorprendió con un seco de cordero -el más suave que probé en mi vida-, un platillo que, acompañado de frejoles y arroz, se convirtió en suficiente motivo para regresar cada año.
Al caer la noche empieza a sonar la banda y la orquesta. Para este punto, ya hemos armado un grupo con los locales, amigos de mi anfitriona Pamela. Combatimos el frío con emolientes cargados de alfalfa. Luego llega la cerveza. Más fuegos artificiales, bandas por cada esquina de la plaza, solo toca disfrutar.
A la mañana siguiente regresamos a Lima en la misma miniván que nos trajo. Esta vez vamos cargadas de moldes de queso y mantequilla artesanal. Emocionada por contarle a toda mi familia esta experiencia, tengo la certeza de que regresaré. Tengo la certeza de que la Virgen me hará regresar.
Perú es un país que vive celebrando. No puedo imaginar mejor manera de recorrerlo que a través de sus tradiciones, su gente y su comida. Hay un Perú que no aparece en las rutas turísticas, pero que cada año espera paciente el regreso de los suyos para volver a vestirse de fiesta. Esta vez llegué a Ámbar siguiendo la fe de otros y me fui entendiendo un poquito más la mía: esa que tengo por mi país, por sus costumbres y por las historias que todavía me faltan conocer. Quizás por eso estoy tan segura de que voy a volver. O quizás, como diría Pamela, será la Mamashona quien se encargue de hacerme regresar.
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