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2. Durante la campaña electoral, la entonces candidata Jacqueline García –también de Podemos– estaba convencida de que cobrar los gastos de instalación no era necesario para los congresistas de Lima. Dijo no una sino varias veces que, si alcanzaba una curul, no tocaría ese dinero, pero una vez electa acabó cobrándolo sin sonrojarse. Se defendió arguyendo que esa plata la emplearía en fortalecer “la seguridad de los buses”. Intentaba justificar lo injustificable. Su frase más descarada fue “malversé los fondos para bien”. Al escucharla sus electores deben haber sentido vergüenza en grado superlativo; de la ajena y de la propia.
3. Más delicada es la situación en que se vio envuelto Jhosept Pérez Mimbela, padre de la patria gracias a (o por culpa de) Alianza para el Progreso. Su nombre y voz saltaron a la fama el 5 de julio pasado, durante un pleno extraordinario, cuando se refirió al presidente de la República valiéndose de un lenguaje rico en términos denigratorios: “Hasta Vizcarra se quedó sin inmunidad, ya se cagó ese conchasumadre”. Dos días después, un periodista de Perú 21 le preguntó si se reconocía como autor de la coprológica ocurrencia. Ofendido ante la imputación, Pérez Mimbela contestó: “Yo no he sido, eso se lo aclaro. Yo no me expreso de esa forma porque es el presidente y le tengo respeto”. Veintitantos días más tarde, sin embargo, como a la vuelta de un trance amnésico, el congresista recordó que oh, sí, en efecto él había sido quien profirió esas “indeseables expresiones” vía Zoom; cómo podía habérsele olvidado, caray, qué contratiempo. Pérez señaló que el insulto fue emitido “de forma involuntaria”, pues nunca tuvo “la más mínima intención de ofender a nadie”. Más que por una mentada de madre, parecía pedir perdón por tirarse un pedo.
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4. Pero si los casos anteriores llegan al límite del absurdo, el de César González, presidente de la comisión de Ética, lo traspasa por varios cuerpos. Hace una semana, ese grupo de trabajo rechazó investigar a los 23 parlamentarios de Lima y Callao que cobraron gastos de instalación (entre ellos la señora García antes mencionada). La votación fue tan reñida que se necesitó que González, como titular de la comisión, dirimiera. Al pronunciarse, lo hizo en contra de la investigación. Horas más tarde, repentinamente iluminado por no se sabe qué tipo de revelaciones, decidió cambiar su opinión y no tuvo mejor idea que enviarse un oficio a sí mismo para pedir una reconsideración. Es decir, el congresista César González le escribió una misiva al presidente César González pidiéndole cambiar su propio voto. En la carta, González tiene el “agrado” de dirigirse a sí mismo para saludarse cordialmente antes de autoexplicarse los motivos de su decisión. Luego aprovecha para reiterarse su consideración y estima personales. No se sabe qué le contestará el González presidente al González congresista, pero dados los antecedentes no se descarta que rechace su solicitud. El día que alguien escriba la Historia Definitiva de la Estupidez en el Perú, tendrá sustancioso material en esa correspondencia. //
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