
Paolo Guerrero mira a la cámara con forzada soltura. Intenta parecer cómodo, ya no es un novato, pero aún le cuestan las producciones fotográficas. Los veinte años se le notan en la cara –la mirada luminosa, la sonrisa tímida–, pero también en el cuerpo de hombre joven que hace no mucho era aún adolescente.
Es 2004, por eso lleva enredada en la cabeza, como un turbante, la camiseta dorada que su club de entonces, el Bayern Múnich, usaba cuando jugaba de visita. Sobre su cuello cae pesada una cadena de oro con la inicial de su nombre. En la piel asoman solo tres imágenes grabadas: Jesucristo y la Virgen en el hombro izquierdo; un diseño a la altura del antebrazo y la muñeca del mismo lado; y unas enigmáticas letras en el antebrazo derecho. Aún no ha nacido su primer hijo, Diego, o quizá sí pero todavía Paolo no lleva el tatuaje de su rostro en el abdomen. Hoy su piel está llena de inscripciones, lemas, códigos, dibujos, nombres y fechas, una cartografía de sus ideas y sus afectos.
Pero volvamos a la foto. En su look desfachatado se aprecia una marca de la forma de vestir de inicios del milenio: los boxers Calvin Klein sobresalen debajo del jean gastado; en medio, una maciza correa de cuero con incrustaciones que hoy seguramente ya no se pondría. La foto corresponde a diciembre del 2004; Paolo había llegado a Lima para participar de un partido a beneficio de la por entonces muy popular agremiación de futbolistas. Ya era un crack rumbo a la consagración, pero mírenlo: ni él ha terminado de creerse lo que está sucediendo con su carrera. Falta tanto para lo que vendrá: la cumbre internacional, los partidazos con la selección, la paternidad de cuatro hijos más, los noviazgos mediáticos, la sanción por la infusión en el Swissotel, el Mundial de Rusia, el regreso a Alianza.
Hoy, convertido en un delantero maduro de cuarentaiún años, peinado afro y producción discreta, sigue inspirando el aplauso respetuoso de la hinchada, pero si hay un Paolo verdaderamente entrañable es este de aquí: el muchacho que hace dos décadas vivía dispuesto a llevarse el mundo por delante.
**Foto: Archivo histórico de El Comercio / Germán Falcón**
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