Por Nora Sugobono

Son muchos los almuerzos que podría dedicarle a Puerto Máncora. No solo porque la comida es generosa en sabores y productos, o porque la coctelería me sorprende con creaciones de autor que bien los encontraría en cualquier barra renombrada de Lima: repetiría, principalmente, por la atención al detalle. Los chifles llegan calientitos a la mesa, finísimos y crujientes. Provoca pedir una bolsa extra para llevar a casa (y ojalá algún día las vendan) junto con un litro de su algarrobina, para tenerla bien helada en la refrigeradora cuando el antojo despierte.

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