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¿En qué puesto estamos en el Ránking Mundial de la Felicidad?

En el Reporte Mundial de la Felicidad 2018, el Perú se ubica en el puesto 65 de 156 países, dos puntos debajo de la medición del 2017.  ¿Cuánto lesiona la corrupción a la autoestima nacional? ¿Es posible ser felices por un álbum de figuritas en tiempos de vacancia ?

Día de la felicidad

Las estrategias para sobreponernos al apocalipsis económico y moral son materia de asombro y estudio para la academia, sobre todo desde que se empezaron a sistematizar los estudios sobre la felicidad. (Video: El Comercio)

La última vez que los peruanos fuimos completamente felices, hicimos temblar la tierra. Un golazo de Jefferson Farfán ante Nueva Zelanda bastó para liberar, de soberbio patadón, décadas de alegrías deportivas reprimidas y exorcizar humillaciones nacionales varias. Fue el tiempo de levantar la ominosa cerviz. Tan felices estuvimos los peruanos en ese momento que el salto colectivo de júbilo activó los acelerómetros del Instituto Geofísico del Perú. La felicidad se convirtió así en vibración, y la algarabía reprimida, en orgasmo. Habíamos clasificado por hechos tan meritorios como fortuitos, pero nada importaba. Lo celebramos hasta morir como si hubiéramos ganado la Copa del Mundo.

Esto pone a prueba un punto interesante: si este país no se ha caído a pedazos todavía, con todas sus desgracias históricas y endémicas, es porque los peruanos hemos sabido celebrar esas pequeñas victorias y aprendido a ser alegres como una estrategia evolutiva. Una que ha sido labrada a la luz de nuestra historia peculiar, en donde se cuentan genocidios, corrupción, desigualdad, injusticia, terrorismo y leche ENCI. Si hemos podido sobrellevar todo eso y seguir con la vida, provoca decir que podemos superar cualquier cosa. 

Ocurre que, contrario a lo que decía cierto presidente, el peruano está lejos de ser ‘una raza triste’. Las estrategias para sobreponernos al apocalipsis económico y moral son materia de asombro y estudio para la academia, sobre todo desde que se empezaron a sistematizar los estudios sobre la felicidad. “Latinoamérica es la región más feliz del mundo, mientras que Estados Unidos, algunas zonas de Europa y el Africa subsahariana están entre las más infelices del planeta. Según nuestros estudios, Huancayo es la ciudad más feliz del país y Cusco la menos feliz”, sentencia Jorge Yamamoto, psicólogo social y profesor en la Universidad Católica.  

Yamamoto realizó en el 2011 un estudio que encontró que la ciudad de Huancayo y algunas zonas del Valle del Mantaro son las más felices del país. La razón se encuentra en ciertas características de la cultura wanka, como la autoestima adecuada, entendida como la persona que está feliz con lo que es, sabe de dónde viene y no se siente menos que nadie. “El huancaíno es una persona que chambea duro y es reconocido por eso; es una sociedad meritocrática, en donde si trabajas, eres bien visto, vengas de donde vengas. Se insertan en la modernidad sin olvidar sus costumbres. Además, es una sociedad que sabe celebrar mucho. Trabajan duro pero también juerguean duro, sin que esto signifique que se cometan excesos”. La contraparte de esto se encontraría en el sur andino, en las ciudades de Cusco y algunas zonas de Ayacucho, en donde se registraron bajos indicadores de bienestar, relacionados con la jerarquía de esas sociedades, en las que importa mucho tu apellido, tu abolengo o de donde vienes. 

“Encontramos que en algunas caletas de pescadores y en algunas comunidades andinas, la felicidad era tan plena, porque el cerebro estaba en sintonía con la naturaleza, que ni se preguntaban por la felicidad, porque eran naturalmente felices”, recuerda. Con perdón a la memoria de don Luis Abanto Morales, valses como su Cholo soy y no me compadezcas sentarían pésimo en lugares así.

Jodidos, pero contentos: el secreto de la felicidad
​El miércoles fue publicado en Roma el Reporte Mundial de la Felicidad 2018, un informe preparado por la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas y otras instituciones abocadas a la investigación en este campo. El dato que nos interesa es que nuestro país figura en el puesto 65 en el Ránking de la Felicidad, de un total de 156 países, en donde Finlandia sobresale por ser el punto más feliz del globo y Burundi el lugar más miserable del planeta. Como suele suceder, los países nórdicos y sus políticas orientadas al bienestar brillan en el top 10 (Noruega, Dinamarca, Islandia, Suecia), pero también aparecen Suiza, Holanda, Canadá, Nueva Zelanda y Australia, mientras que los de África aparecen en la cola.

El reporte mide lo que en los últimos años se ha llamado el ‘bienestar subjetivo’, que es donde los encuestados mismos evalúan su propia vida, sus metas y su satisfacción, ademas de otras variables más objetivas y caras a los economistas como el ingreso, la expectativa de salud y de vida, la seguridad social, así como la libertad, la generosidad y la ausencia de corrupción. En la inestable era de Pedro Pablo Kuczynski, el Perú ha caído dos puntos en este listado mundial, pero es un declive pequeño, para nada comparable al desbarranque de Venezuela, el país más infeliz de la región latinoamericana, que cayó 30 peldaños (puesto 102) con respecto a la anterior medición. El desplome es tal, que superó al de países en guerra como Siria y Yemen.

El mismo informe indica que, a nivel regional, Latinoamérica es uno de los lugares en donde se reportan mayores niveles de felicidad, pese a sus males recurrentes, como el alto índice de corrupción y de criminalidad, la debilidad de las instituciones políticas, la desigualdad en la distribución de la riqueza y más. “De hecho, la felicidad en Latinoamérica podría ser mucho mayor si estos problemas se resolvieran apropiadamente”, asegura Mariano Rojas, autor del capítulo que versa sobre esta parte del mundo.

Sucede que nuestros países han desarrollado un bastón casi invencible para conjurar cualquier tempestad que nos deprima. Ese secreto radica en nuestra propensión a apoyarnos en la familia y en los amigos cuando tenemos problemas, un privilegio que las sociedades occidentales del primer mundo han ido perdiendo en su loca carrera por la independencia y el individualismo. El estudio hace notar, por ejemplo, lo tarde que los latinoamericanos dejamos el hogar paterno y cómo incluso algunos nunca lo dejan. Si la familia crece, se agranda la casa o se levantan más pisos, pero la familia permanece unida. Hay que notar, además, la famosa ‘calidez’ a la que aluden los turistas y artistas extranjeros cuando caen por estos lares. Todos se sienten bendecidos por un amor ubicuo que flota en el ambiente. Esto no se experimenta en Japón, Europa u otras sociedades en donde incluso la distancia socialmente aceptable entre los cuerpos suele ser mayor que la de los latinos, quienes no dudan en abrazar a un desconocido como si fuera su hermano de toda la vida. 

En busca de las bases biológicas de la felicidad
Los avances científicos en el campo de la felicidad están tan avanzados que hoy tranquilamente se podría crear una nación entera de seres felices, solamente estimulando con electrodos ciertas zonas del cerebro que producen los denominados neurotransmisores de la felicidad: dopamina, serotonina y oxitocina. El último es especial porque se genera cuando nos refugiamos en los amigos y la familia y se siente un bienestar. El problema ahí sería de orden moral, porque manipulando el cerebro estaríamos creando una serie de robots felices, o de ‘tontos alegres’, que vivirían como drogados y serían indiferentes a su entorno.

“La felicidad es un potente indicador emocional de cómo está avanzando tu vida según tus metas. Y por eso la infelicidad es importantísima, porque te va marcando cuándo tu vida se está desviando de una debida adaptación”, dice Yamamoto, que no cree que la felicidad sea un bien supremo a buscar, por el ejemplo de los ‘tontos alegres’. Lo ideal sería aprovechar la infelicidad como termómetro para hacer cambios a tiempo. 

El reto es cómo ser felices ante un panorama tan desolador como el Perú en estos días, en que si bien la economía se encuentra estable, las noticias de corrupción, inseguridad social e inestabilidad política son fuente constante de desasosiego. ¿Puede uno reírse si no sabemos qué presidente conducirá nuestro destino el próximo mes? ¿Se puede uno refugiar en el placer hedonista de coleccionar un álbum de figuras de fútbol cuando el sistema parece colapsar? Una primera respuesta es sí, y tiene que ver con el humor, ese gran sanador de las heridas nacionales.
Los estudios indican que algunas profesiones de muy alto riesgo, como la que ejercen quienes desactivan explosivos o los que trabajan en salas de emergencias, desarrollan un sentido del humor bastante negro que les permite capear los vendavales sin afectarse emocionalmente. El riesgo ahí es no caer en el cinismo, que puede ser muy nocivo por su inclinación a la filosofía del ‘sálvese quien pueda’. Durante años los programas de humor de corte político parecían servir como válvulas de escape para esos tiempos de zozobra emocional. Y no extraña que quizá la mejor época del humor político en TV se diera durante el desastre económico de 1985-1990, cuando programas como Risas y salsa dieron el vuelco de los sketchs a la sátira política.  

“Así como la clasificación de la selección fue un momento de felicidad para los peruanos, necesitamos un proyecto nacional para la búsqueda de la felicidad”, dice Yamamoto. Este tiene que ver con aprender a hacer las cosas bien, con no trasgredir las normas, con respetar las reglas de tránsito y enseñarles valores a los hijos. Tiene que enseñarnos que aceptar coimas está mal, más aún cuando se es autoridad de un país. Cuando ese partido inicie, acaso tocará cantar esos goles con más fuerza y convicción. 

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