Tomás Unger Golsztyn

Divulgador científico. Colaborador.

tunger@comercio.com.pe

La semana pasada contamos sobre la extinción que acabó con los dinosaurios, al final del período Cretácico de la era Mesozoica.

Antes de narrar el inicio del período Paleógeno, el primero de la era Cenozoica (de los animales actuales), necesitamos tratar la nueva información sobre el meteorito de Chicxulub, publicada hace pocos días en la revista “Geology”. Estudios en el cráter que dejó este cuerpo celeste, en lo que hoy es la península de Yucatán, dan nuevos detalles sobre lo que sucedió aquel día, hace unos 66 millones de años.

De las cinco grandes extinciones de los últimos 500 millones de años, todas fueron graduales y tomaron millones de años, menos esta última, que fue cataclísmica, y es conocida como la extinción del Cretácico-Paleógeno. Ocurrió instantáneamente unos 66 millones de años atrás, con la caída de un meteorito.

Se ha descubierto que el cráter de Chicxulub, de 20 km de profundidad, tuvo más de 32 km inmediatamente después del impacto, que provocó una onda supersónica que tumbó todos los árboles de Sudamérica y Norteamérica, territorios que todavía no estaban unidos. El calor inició una serie de incendios forestales en los que perecieron la mayoría de los animales.

El material levantado por el impacto y el humo de los incendios oscurecieron el cielo. A esto contribuyó una intensa actividad volcánica, posiblemente causada por un fuerte sismo que sacudió el planeta. El resultado fue una casi total interrupción de la fotosíntesis, que mató a la mayoría de las plantas y los animales que vivían de ellas. El cráter se llenó a raíz de los grandes tsunamis que regresaron el agua que el impacto del meteorito llevó miles de kilómetros tierra adentro. Se estima que el 75% de las formas de vida se extinguieron.

Algas y recuperación

Los geólogos ahora han perforado más de 800 metros del cráter, mostrando las diversas capas a través del tiempo. Uno de los descubrimientos más interesantes es que al agua del cráter, ácida –dado que estaba privada de oxígeno y de vida–, llegaron las cianobacterias o algas verdeazuladas, y se inició el retorno de la vida. El fondo del cráter muestra que recién cuando el polvo y los gases producidos por el impacto del meteorito empezaron a caer (en años o décadas), se recuperó la vegetación. Mientras tanto, las algas verdeazuladas fueron produciendo oxígeno en el cráter.

La caída del meteorito inició la era Cenozoica. Su primer período, el Paleógeno, duró 39 millones de años. Durante este vemos la desintegración final de Pangea: India se separa de África y choca con Asia, formando el Himalaya. Aparecen también cadenas montañosas en Norteamérica, Europa y Sudamérica (los Andes). Al separarse Sudamérica totalmente de la Antártida, empieza a circular la Corriente Circumpolar Antártica, causando el enfriamiento de ese continente, que pasa a estar cubierto de glaciares en lugar de bosques.

La recuperación de la vida se fue acelerando, y en los siguientes 56 millones de años alcanzó una variedad sin precedentes. Evolucionan y se dispersan plantas con flor y hierbas. Aparecen mamíferos grandes, que al final del Paleógeno se parecen a los actuales.

Así llegamos al Holoceno (del griego ‘holo’: ‘todo’, y ‘kainós’: ‘nuevo’), la última y actual época del período Cuaternario, cuya definición formal recién la da la Unión Internacional de Ciencias Geológicas en el 2005.

El Holoceno comienza hace aproximadamente 12.000 años. En tiempo geológico, que se cuenta en cientos de miles y millones de años, eso equivale a decir “ahorita”.

Durante el Holoceno, la deriva continental ha sido de menos de un kilómetro, casi irrelevante. El impacto más grande lo han tenido las glaciaciones y deshielos, que han causado que los océanos suban más de 35 metros, separando tierras que antes estaban conectadas: las Islas Británicas, Japón, Australia, etc., y creando estrechos como el de Bering y Malaca.

En el Holoceno, la flora y la fauna han sufrido un sorprendente número de extinciones. En todos los continentes, la extinción de la megafauna coincide con la llegada del hombre. En 1988, un grupo de 400 biólogos hizo público que estamos en la etapa inicial de una extinción masiva causada por el hombre; ellos advirtieron que el 20% de todas las especies existentes se extinguirían en el 2028.

En el 2002, el biólogo estadounidense Edward Osborne Wilson advirtió que si la destrucción de la biósfera, la delgada capa superficial de la Tierra que alberga vida, continuaba al paso actual, la mitad de las especies se extinguirían en 100 años. Indicó que la extinción de especies sería cien a mil veces más rápida de lo normal. Estudios recientes confirman sus predicciones.

Antropoceno

Diversos estudios han ligado la extinción a la sobrepoblación y el consumo. La velocidad y rapacidad de la explotación de recursos y la contaminación agravan drásticamente la situación. En tiempo geológico, estamos ante una extinción cataclísmica.

Lo que sucede actualmente con la biósfera ha llevado a los geólogos a declarar el inicio de un nuevo período geológico: el Antropoceno (‘antropos’: ‘humano’). Es muy probable que en este período se cumpla el pronóstico del Dr. Wilson y desaparezca la mitad de las especies para fin de siglo.

Un tema que no se menciona frecuentemente es el orden probable de extinción: todo parece indicar que a pesar del aparente control que tiene el humano sobre su entorno, la capacidad que tiene de seguirlo controlando disminuye aceleradamente. Al depredar la biósfera, el humano se está condenando a la extinción. Un futuro similar se presagia para la mayoría de los mamíferos de más de 20 kilos, tal vez con la excepción de algunos que viven en el mar, que está destinado a aumentar su volumen.

Por el momento, la principal batalla por la conservación está en torno a las fuentes de energía, en particular, los combustibles. También la alimentación y el consumo de agua son decisivos cuando alcanzan ciertos niveles.

Probablemente la mayoría de la población mundial ha tomado conciencia y trata de actuar de acuerdo a la situación. Ahora, falta superar la barrera mental del poder adquisitivo, que contribuye a crear la ilusión inmediata de ser inmune a cualquier cataclismo.

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