Por Luciana Villegas

En la moda imitar lo ajeno parece ser la regla; no la excepción. Debido al ritmo acelerado en el que se mueve la industria y la oferta masiva que existe, resulta imposible llevar un seguimiento de quién crea qué. De lo último, las cadenas de moda rápida son las más beneficiadas. Solo basta abrir Instagram para comprobar que las prendas que vemos en las pasarelas más importantes tardan tan solo unas semanas en venderse en las tiendas locales y a precios de infarto. Un robo a mano armada que parece pasar desapercibido una y otra vez. Y las gigantes del fast fashion no son las únicas. Incluso grandes diseñadores han sido acusados de plagiar a marcas emergentes bajo el infalible pero frustrante eslogán “es solo inspiración”. Sumado a esto, la falta de una legislación clara favorece el panorama que parece agravarse con el pasar de los años. Pero, ¿cuál es el límite? ¿Cómo podemos saber cuando se trata de un plagio, una inspiración o incluso, de una coincidencia? He ahí el meollo del asunto.

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